¿Levantamos la veda de terroristas?

Esto es una guerra, pero por lo menos deberíamos plantearnos si estamos dispuestos a aceptar lo que se puede convertir en una nueva modalidad de ejecución sumaria

Edurne Portela
EDURNE PORTELA

Muy pocas voces públicas han cuestionado, o por lo menos mencionado, el hecho de que los Mossos d'Escuadra abatieran, es decir, mataran a los seis yihadistas de los atentados de Barcelona y Cambrils, que en ningún caso dispararan a las piernas o intentaran detenerlos. La atención ha estado en otras cuestiones: el uso del catalán para sus comunicaciones o su fallo al descartar una alerta que, según fuentes periodísticas, era similar a muchas otras que «los servicios de información e inteligencia de cada país descartan habitualmente [...] por no otorgarles la suficiente veracidad». Estas acusaciones contra los Mossos y el barullo mediático que se ha montado en torno a ellas tienen un sospechoso tufillo político. Carlos Yárnoz en 'Tirar a matar', un lúcido artículo publicado el 28 de agosto, señala acertadamente el silencio cómplice como única reacción y se pregunta qué ha cambiado en nuestro país para que aceptemos estos hechos sin cuestionarlos.

A un terrorista se le abate y punto. Tiene cuchillos, bombas pegadas al cuerpo, está dispuesto a morir matando, así que cuanto antes se acabe con él, menor riesgo corremos. Además, ¿qué pasa? Se le hace un juicio, se le mete en la cárcel, y en unos añitos ya está fuera, preparado para volver a la yihad. Estos son los argumentos. Hace años, cuando ETA mataba, de vez en cuando había alguna voz que pedía la cadena perpetua o la pena capital para los terroristas. Y seguro que había muchos que en privado se alegraban si en un enfrentamiento con las fuerzas de seguridad un etarra moría abatido. Pero, tal vez, como las últimas ejecuciones de Franco (firmadas en 1975 justo antes de morir) estaban recientes en la memoria de muchos, gran parte de la sociedad y sus representantes políticos defendían el Estado de derecho, el poder de la justicia frente a la violencia. Hoy los que defendían el Estado de derecho y sospechaban cuando las fuerzas de seguridad abatían a terroristas de ETA, ¿han reaccionado de igual manera ante las noticias de Barcelona?

Igual estoy equivocada, pero intuyo algunos de los motivos. Como señalaba Antonio Rivera hace poco en las páginas de este periódico, nuestro desconocimiento del terrorismo yihadista es absoluto. A pesar de que el Islam (como fenómeno religioso, político y cultural) fue fundamental para la formación de este país, no sabemos nada de su evolución histórica. Tampoco tenemos un conocimiento mínimo sobre los países donde se fragua y desde dónde se exporta la yihad. Entiendo que no se puede estar informado de todo, pero también desconocemos las comunidades musulmanas españolas, a las que la mayoría de nosotros miramos con sospecha, incluso con repudio. El ciudadano medio está expuesto a otro tipo de información: no contrastada, de tertulias en las que opinan cacatúas sin el menor conocimiento, de exabruptos en las redes. Esto tiene como consecuencia que nuestra construcción mental del terrorista esté basada casi exclusivamente en afectos, no en conocimiento, siendo el miedo el sentimiento que domina. El terrorismo de ETA tenía, en general (con dolorosas excepciones como Hipercor o los que fueron víctimas de otros cínicos 'errores') objetivos claros, su amenaza estaba más o menos limitada, por lo que la sociedad española podía sentir repudio, pero no miedo a convertirse en cualquier momento en víctima directa de un atentado de ETA. El terrorismo yihadista es mucho más difuso, atenta contra todos sin distinción, con una arbitrariedad absoluta. El miedo, entonces, nos hace permisivos con lo que hace diez años posiblemente hubiéramos cuestionado.

Hoy todo es sentimiento (también en nuestro comportamiento político en general). Las reacciones a los atentados de Barcelona lo demuestran: las exhibiciones a veces narcisistas del dolor en redes (el artículo de Eduardo Laporte 'El dolor es mío' lo explica muy bien), las llamadas al odio militante, el grito colectivo contra el miedo («No tinc por»). Y en esta exaltación de los afectos no dirigidos por la razón entra la construcción del terrorista yihadista como un «otro» de tal radicalidad que su muerte no supone, absolutamente, ninguna reacción ética. No hay empatía posible con él. Cuando nuestra forma de imaginar a otra persona lo sitúa en un ámbito fuera de nuestra humanidad compartida, cuando dejamos de verle como un ser que tiene el derecho inalienable a la vida, entonces se levanta la veda, entonces ese ser puede ser «abatido» como una alimaña de campo.

Lo sé. Esto es una guerra. Esto sí que es una guerra. Pero no puedo evitar pensar que por lo menos deberíamos plantearnos si estamos dispuestos a aceptar lo que se puede convertir en una nueva modalidad de ejecución sumaria, o preguntarnos qué poder le queremos otorgar a quien nos protege, cuánta muerte vamos a ser capaces de justificar de aquí en adelante. Porque este terrorismo está aquí para quedarse. Esperemos que el Estado de derecho también.

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