Lagunas del refranero

ÁNGEL RESA

Siempre he imaginado el refranero como una bolsa profunda donde habitan verdades del tamaño de los puños. Hay quienes lo desprecian, atribuyéndole rasgos peyorativos -rancio, anticuado o carente de actualidad- según las definiciones del diccionario. Pero qué quieren, me parecen píldoras concentradas de sentido común y filosofía popular. Encierran en una sentencia corta la premisa, el nudo y un desenlace que cae con el peso muerto de la lógica. De forma rimada, entre el verso y el ripio, guardan en la moraleja su sentido.

Pero algunos dichos patinan como lo hacen los neumáticos sobre el hielo invernal. Al menos así queda de manifiesto cuando los aficionados a la ciencia estadística -y me cuento entre ellos- comprueban los datos de los que nacen las interpretaciones. Cuentan que los números son fríos o es que quizá no se avengan a la manipulación. Pues bien. De las 1.414 personas residentes en Álava que han perdido el carné de conducir a los puntos -suena a combate de boxeo-, el 90% eran conductorEs. Con mayúscula de hombre. Y resulta que casi la mitad de quienes disponen de permiso para manejar un vehículo (44%) llevan de serie el sexo femenino. ConductorAs, con letra capitular de mujeres. Así que del refrán «… al volante, peligro constante» apenas debe de quedar la carrocería.

Cierto que, en general -e insisto sobre lo colectivo, que ya siento encima la sombra policial del pensamiento- hay manías y vicios atribuibles a ellas a bordo de un coche y otras taras propias de nosotros. Por lo que se ve, sus imprudencias resultan más inocuas que las nuestras y no se manifiestan tanto en forma de tacos, desahogos verbales y venganzas del tipo ‘ya te pillaré a la vuelta de la esquina’. Ya todos metidos, XX y XY en el mismo saco, a los tradicionales excesos de velocidad y burla de semáforos se une el uso imprudente del móvil. Y más vale prevenir que reemplazar a la fuerza el emoticono del guiño cómplice por el de la lágrima de ojo caído.

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