Juana Rivas

Después de leer su carta, no sólo vemos que su caso refleja la injusticia de ciertos conceptos, sino los defectos del sistema judicial

Maria Maizkurrena
MARIA MAIZKURRENA

Krishnamurti dejó escrito en uno de sus libros, ‘La revolución interior’: «Si de verdad amaran a sus hijos, el mundo sería un lugar muy diferente. No habría guerra, señores». En el caso de Juana Rivas se expone en toda su crudeza la trama de un mundo organizado sobre el eje del poder, de la competición, del conflicto, de la fuerza, de la propiedad. El concepto de propiedad, basado en el instinto territorial del animal que somos, se nos ha ido un poco de las manos (entiendan que decir «un poco» al respecto es, más que ironía, sarcasmo). La justicia española está tratando a los hijos de Juana Rivas como si fueran propiedad privada de sus padres y actuando como si tuviera que dirimir un conflicto entre éstos. El meollo de la cuestión, por tanto, consiste en decidir a quién le pertenecen. Todo sería muy distinto si la sociedad estuviera organizada en torno al cuidado, la protección y la educación de los menores. Una sociedad así sería, desde luego, muy distinta, y en casos como éste lo primero sería escuchar a los niños y salvaguardar sus derechos, no esos derechos fabulosos de los adultos a la patria potestad, que se parecen a un derecho de propiedad como una gota de agua a otra gota de agua. Para no escuchar a los menores se inventó precisamente el ‘sindrome de alienación parental’, que es un nombre técnico para decir «su madre los ha puesto en mi contra». Aunque se ha demostrado que el ‘síndrome de alienación parental’ no tiene nada de científico, el prejuicio de los jueces lo sigue aplicando. Y el de algunos psicólogos.

Después de leer la carta de Juana Rivas, no sólo vemos que su caso refleja la hostilidad y la injusticia de ciertos conceptos e ideas, sino los defectos del sistema judicial y la endeblez de los mecanismos de protección de los menores en España, que ya han sido denunciados por organizaciones como Save the Children. Leer que el hijo de once años de Juana Rivas salía llorando de impotencia de sus entrevistas con una psicóloga no colegiada, que es quien le evaluó, cuando tenía derecho a ser valorado por varios profesionales especializados en violencia de género, nos da ganas de llorar de impotencia con él. Saber que varios errores judiciales (¿o muestras de incompetencia?, ¿o prevaricación?) han agravado, más bien creado, esta situación en la que una madre tiene que elegir entre entregar sus hijos a un padre maltratador o desobedecer a un tribunal, entristece e indigna. Desde luego, como ha recordado la plataforma 7N en un comunicado, «esta es la primera oportunidad que tiene el Gobierno para demostrar su compromiso con el Pacto de Estado contra la violencia de género». Por sus obras los conoceréis, y no por sus lágrimas de cocodrilo. En cuanto a Juana, yo sólo veo una madre que protege a sus hijos.

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