Irrumpe la justicia

La irrupción de la política en el devenir político va a tener efectos inciertos tanto sobre el inminente proceso electoral, como sobre la imagen exterior del país

José Luis Zubizarreta
JOSÉ LUIS ZUBIZARRETA

Hubo un tiempo en que los jueces de las instancias superiores se guiaban por la costumbre, o el acuerdo, de no activar, en períodos electorales, causas que tuvieran relación con la política. Eran conscientes de que, aunque fueran un poder separado e independiente, los efectos de sus autos y sentencias traspasaban los muros de los tribunales. Hoy, las cosas son diferentes, y sólo nos queda añorar, pues los entresijos de la Justicia son tan inescrutables como inamovibles son sus resoluciones, aquellas viejas costumbres. Si aún se mantuvieran, el fiscal general, lo mismo que se contuvo de excitar el celo judicial inmediatamente después de los días 6 y 7 de septiembre, cuando su iniciativa parecía pertinente, se habría contenido también ahora, ya que los presuntos delitos por los que se querella no prescriben todavía, hasta que pasaran las elecciones autonómicas de Cataluña. No lo ha hecho, y a la juez le ha faltado tiempo, que no ganas, para admitir la querella y empezar a adoptar decisiones que han puesto patas arriba el escenario de la política catalana. En ésas estamos.

Y, como en ésas estamos, a ésas debemos atenernos, no sea que, en el breve plazo de una semana, el Tribunal Supremo, en vez de sosegar, como algunos confían, nuestro desasosiego, lo ahonde aún más y deje al descubierto la precipitación de las críticas que creíamos acertadas. Analicemos, pues, sin entrar en mayores honduras, las cosas tal y como están, lo cual, aparte de lo que toca, es tarea bastante compleja. Dos son, a mi entender, las preocupaciones que tienen inquieta a la opinión pública en el actual estado de cosas. Una, de alcance más cercano, se refiere a la repercusión que el auto de la jueza Lamela llegue a tener sobre los inminentes comicios catalanes. La otra mira más lejos y se fija en el impacto, en términos de imagen, que el mismo hecho, junto con el tratamiento que de él se haga, vaya a producir en el ámbito exterior y, más concretamente, en la Unión Europea.

No cabe duda de que el proceso de las elecciones autonómicas de Cataluña va a verse de algún modo afectado por el auto judicial. Conviene, sin embargo, ser cautos respecto al cuánto y al cómo. Sería, por ejemplo, del todo exagerado decir que las ha contaminado hasta el punto de trastocar sustancialmente sus resultados. El electorado tenía ya acumulada la información suficiente sobre actores y responsabilidades como para repartir con acierto las segundas entre los primeros. Y así, si, de un lado, se verá fomentado el victimismo sobre el que los independentistas basan la captación de sus adeptos, también habrá quedado, de otro, a la vista de todo el mundo el desastre que ha causado la alocada carrera de sus líderes a ninguna parte. La maduración de las opciones electorales es compleja. En circunstancias de extrema polarización, como es la de Cataluña, los factores que inciden en ella para exacerbarla producen efectos ambivalentes que tienden a neutralizarse. Quizá sea pertinente recordar lo que ocurrió, ‘a sensu contrario’, en las elecciones vascas de 2001, cuando, en una situación de similar polarización, el empuje de la tácita coalición constitucionalista entre PP y PSE, encarnada en Mayor Oreja y Nicolás Redondo, se vio frenado en seco por la reacción de un nacionalismo que sacó votos hasta de debajo de las piedras para hacerse con la victoria. Y es que la política se hace grande en el manejo de los imprevistos.

El impacto en el exterior será más difícil de contrarrestar. Más allá del auto judicial, la situación general que se ha creado en España, con los despropósitos de los unos y los errores de los otros, transmitidos ambos por una propaganda interesada, no es en absoluto ejemplar y viene a sumarse a una imagen que, en lo político, quizá no había logrado superar todavía la imagen de una democracia adolescente e inmadura, que el desinterés de los más recientes gobiernos no se había ocupado de desmontar. A este respecto, la distinción entre los impactos que los mismos hechos producen sobre los líderes políticos, de un lado, y sus opiniones públicas, de otro, con ser cierta, no es del todo tranquilizadora. Y es que los vaivenes de las opiniones públicas acaban presionando a los líderes en la toma de decisiones. Y así, si bien es cierto que el secesionismo ha fracasado en ganarse a los líderes de los países, ha ido muy por delante del Gobierno en la captación de las opiniones públicas y de buen número de medios. La emotividad de la gente percibe lo que la racionalidad de las cancillerías no es capaz de apreciar. Y, al final, también éstas terminan por inquietarse.

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