De inversores, demanda y costes

Ignacio Marco-Gardoqui
IGNACIO MARCO-GARDOQUI

La noticia corrió ayer como la pólvora: ‘La Naval entra en concurso ante la falta de inversores’. Creo que no está bien explicada; o mejor, está explicada de manera parcial e inconclusa. Ya sabe usted que una conclusión sólo es el lugar en el que te cansas de pensar. En efecto, La Naval carece de inversores para seguir con el proyecto adelante. Pero, ¿por qué razón no hay inversores? El propio lehendakari se sorprendía anteayer de cómo era posible que teniendo pedidos pueda encontrarse en esa lamentable situación.

Pero claro, los pedidos garantizan la actividad de una empresa, pero no su viabilidad. Si la fabricación de los pedidos conseguidos no deja un margen razonable, no habrá interés en acometerlos. Bueno, ni siquiera eso, porque si además de viabilidad falta la liquidez, como es el caso, tampoco habrá posibilidad de fabricar nada, pues ningún proveedor estará dispuesto a servir los materiales y los servicios necesarios si carece de seguridad en el cobro.

Todo esto son perogrulladas, lo verdaderamente importante es conocer si hoy en día -con las condiciones actuales del mercado mundial y con la estructura de costes propia de la Ría de Bilbao-, es posible desarrollar una actividad como la construcción de barcos. Yo no soy ningún experto en esto, así que mi opinión sirve de poco, pero, en cualquier caso, es negativa. Tenemos una larga historia de fracasos acumulados. Ahora se habían conseguido pedidos y la estructura de capital del nuevo intento incluía a empresas que han demostrado con creces su pericia y su dilatado conocimiento del negocio, compatibles con algún grave error de gestión en el caso que nos ocupa. Así que, si aún así estamos donde estamos… malo.

Como el resto de los sectores productivos, el de la construcción de barcos se encuentra en una dura fase de ajuste que afecta a todos, como se ve en el caso de los coreanos, en donde incluso el gigante Daewoo se enfrenta a graves dificultades. En Europa se ha convertido en poco más que en una nostalgia empresarial, por culpa de la falta de productividad y la estructura de los costes incurridos. Solo aquellos astilleros que han sabido adaptarse a las condiciones de fabricación de cruceros y buques altamente especializados respiran con alguna esperanza.

Durante años se ha mantenido cierta actividad que solo ha sido posible gracias a unas sofisticadas estructuras fiscales que trasladaban ayudas desde el sector público hacia los astilleros. Unas ayudas que a nosotros nos han costado no pocos quebraderos de cabeza. Pero parece que tampoco eso ha sido suficiente.

Si la retirada de los actuales socios es definitiva y la llegada de nuevos inversores es una quimera, habrá que pasar a la fase de las ayudas a la recolocación de los trabajadores y a la creación de nuevas oportunidades en la zona que palíen las consecuencias personales que tendrán para los implicados y que no resultará sencillo solucionar.

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