Inmigrantes

El Fondo Monetario Internacional, que está tocando fondo, advierte de que es necesaria la contribución de 5,5 millones de nuevos inmigrantes si aspiramos a cobrar algunas monedas al llegar a viejos

Concentración en el barrio madrileño de Lavapiés para protestar por la muerte de un mantero senegalés./
Concentración en el barrio madrileño de Lavapiés para protestar por la muerte de un mantero senegalés.
MANUEL ALCÁNTARA

Hay muchos, pero quienes los cuentan dicen que hacen falta más personas que se vayan del país donde han nacido si queremos sostener las pensiones de los que nos quedamos. El Fondo Monetario Internacional, que está tocando fondo, advierte de que es necesaria la contribución de 5,5 millones de nuevos inmigrantes si aspiramos a cobrar algunas monedas al llegar a viejos. El asunto no me atañe directamente porque no solo he llegado a viejo, sino que estoy transcurriendo la ancianidad, que va del brazo de la decrepitud. Ambas cosas corren juntas y ha llegado el momento en que no hay manera de seguirlas. La llamada «pensión media» se está yendo al garete y ya es insuficiente para eso que llaman «vivir con dignidad». Dicho de otro modo: los veteranos han sido condenados a vivir indignamente.

«Quien no ha dineros no es de sí señor», se lee en el Arcipreste de Hita, lo que prueba que el asunto no es nuevo. La generosidad actual está en peligro y para huir de él lo mejor es no haber caído, porque se trata de una trampa mortal. Para librarse de ella, la única solución es irse antes y formar parte de lo que Borges llamó «la vasta y vaga necesaria muerte», en memorable polisíndeton. O sea, cascar antes de ser una rémora para las personas que hemos querido y, lo que tiene más mérito, que nos han querido a nosotros. La alcaldía de Madrid, que nunca ha sido una ciudad centrípeta y desdeñosa, sino un puerto mesetario que acoge a todos, le viene grande a Manuela Carmena. Los disturbios del barrio de Lavapiés no se pueden achacar a la «brutalidad de la Policía» porque el senegalés murió a consecuencia de un paro cardiaco. Nuestra manía de encontrar culpables se ve favorecida por los que de verdad tienen la culpa y no quieren cargar con ella. Pesa demasiado y San Isidro, que era un vago, no puede.

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