Injusticia extrema

La lucha eficaz contra la violencia machista no precisa más leyes, sino recursos y compromisos para aplicarlas

Injusticia extrema
EL CORREO

El Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer se celebra, desde 1981, cada 25 de noviembre como una demanda universal por la dignidad de género, el ejercicio de la libertad personal y la realización de la Justicia frente a la injusticia extrema. Más de la mitad de la humanidad es víctima potencial de la exclusión, la desigualdad, los abusos y el terror a manos de los hombres. En distintas regiones del mundo la cosificación de la mujer está consagrada en las leyes, que no ofrecen amparo alguno a sus derechos. Pero hay normas no escritas en otros muchos lugares que propenden al «daño físico, sexual o psicológico», a las «amenazas, la coerción o la prohibición arbitraria», por emplear los términos que recoge la declaración de Naciones Unidas de 1993. Hay hábitos en nuestro propio país que favorecen la perpetuación de la violencia machista y el padecimiento continuado del abuso sexual por las mujeres desde la adolescencia e, incluso, desde antes. Un padecimiento que hasta hace muy poco se entendía como algo normal, aunque no resultara deseable; como algo inevitable, ante lo que la mujer debía actuar desde muy corta edad con paciencia sumisa. La violencia contra la mujer es la manifestación extrema de la desigualdad de género, que adopta dos formas relacionadas e igualmente execrables: el instinto de posesión sobre la pareja y el de la depredación hacia el otro sexo. No hay ningún día exento de sobresaltos. Una mujer fue asesinada ayer por su excompañero en Vinaròs (Castellón). Los crímenes machistas -medio centenar en lo que va de año- se suceden en una sociedad abierta como la nuestra, y se suceden las agresiones sexuales que acaban victimizando a la mujer una y otra vez en busca de la evasiva penal. Las instituciones han acabado ritualizando la condena ante cada muerte, como si con ello satisficieran su función pública. Se ha acabado imponiendo la percepción de que nadie puede poner coto a la violencia machista, de manera que nadie se hace cargo de las situaciones de indefensión en que se encuentran tantas mujeres, sometidas a la rueda de la fortuna de un acosador que se debate entre sus mayores o menores impulsos violentos. No son leyes lo que se echa en falta, sino los recursos y el compromiso preciso para aplicarlas. Se necesita establecer protocolos más exigentes que impidan contemporizar con tan extrema injusticia. Si el horror se proyecta como un mal inevitable, contribuye a crear el clima de impunidad en que se guarecen los asesinos y los acosadores.

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