Indultos

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Manuel Alcántara
MANUEL ALCÁNTARA

Quien tiene boca se equivoca, pero los bocazas se equivocan más veces. El sagaz Miquel Iceta, que en principio creía que no tenía nada que hacer en política porque confesó, en un alarde de sinceridad, que era «bajito, gordito y calvito», defiende ardorosamente su idea de indultar a los secesionistas. Cree que son necesarios los mecanismos de perdón para suavizar las heridas que no cicatrizan y siguen chorreando sangre. Quizá lleve razón, porque lo razonable en política es algo móvil, o sea, que se mueve por sí mismo sin necesitar siquiera la ayuda de sus enemigos. De momento, el PSOE acoge su iniciativa. ¿Debemos todos indultar a los secesionistas aunque hayan cometido algún delito? Don Miguel de Unamuno, que hablaba tanto con Dios que llegaron a tutearse, dijo que quien no se perdona a sí mismo no merece el perdón del llamado Sumo Hacedor. Pero pedir perdón es muy fácil. Lo arduo es que nos lo concedan

Los analistas políticos más serenos, con Ignacio Camacho a la cabeza, creen que el llamado desvarío rupturista fue un disparate porque no respetó ningún reglamento y así no hay juego, ni sucio ni limpio, que sea posible. Da aproximadamente igual pedir mil perdones que no implorar ninguno. Los deseos de unos y de otros se enmascaran de ideologías y el terrible suceso de Zaragoza, donde mataron a un hombre por llevar tirantes con los colores de la bandera española, nos hace sospechar que vivimos en un manicomio al revés donde los dementes vigilan a los cuerdos y les dan algunos días de permiso para que restablezcan la legalidad que nunca conocieron. La gente está más contenta que unas pascuas antes de que lleguen. El dinero corre y parece que nadie quiere alcanzarlo. Se confía en que vuelva. Ya sabemos que es un vagabundo enamorado de todos los caminos y no suele quedarse en ninguno.

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