Implosión

Olatz Barriuso
OLATZ BARRIUSO

A estas alturas del culebrón catalán, ya solo quedan dos opciones para despejar la ecuación. O el órdago independentista se lleva hasta las últimas consecuencias, con sus correspondientes derivadas económicas, sociales y políticas, o el ‘procés’ tal como lo conocemos implosiona para alumbrar una nueva realidad en Cataluña alejada de una espiral diabólica que solo abocaría a sus ciudadanos al enfrentamiento y la fractura. La implosión, en física, se define como el hundimiento hacia dentro de las paredes de un recipiente que soporta en su interior una presión inferior a la exterior. Algo así podría suceder con el movimiento independentista catalán y su órdago contra la legalidad constitucional. La presión externa en favor del sistema (eso que algunos llaman, casi siempre de forma despectiva, régimen del 78) y del orden establecido -PP, PSOE, Ciudadanos- es sensiblemente superior a la interna en favor de una secesión por las bravas. De entre todos los miembros del Gabinete Puigdemont, solo la consejera de Educación era partidaria de una declaración unilateral de independencia. Bruselas ha cerrado todas las puertas para evitar un efecto multiplicador de las pulsiones independentistas en la UE y el bloque soberanista cada vez lo es menos, y se resquebraja por momentos.

El PDeCAT no es capaz de mantener una posición única, en ERC su líder Oriol Junqueras sueña con la presidencia de la Generalitat y la CUP exige un pleno para declarar ya una independencia que, a juzgar por las cartas de Rajoy y Puigdemont, no se sabe si fue o no declarada alguna vez. Un fenomenal embrollo cuya salida pasa cada vez más por una única palabra: elecciones. Es de suponer que el president preferirá convocarlas él mismo e intentar así una pirueta para salir del atolladero que dejar que sea el Gobierno central quien llame a las urnas haciendo uso del artículo 155 y, a buen seguro, forzando un boicot de los soberanistas al proceso electoral que solo conduciría al caos.

Curiosamente, esos comicios, cuanto antes mejor, son la opción por la que secretamente apuesta el nacionalismo institucional vasco, consciente de que la intervención de la autonomía catalana les obligaría a apartarse del Gobierno español como de la peste y renunciar así a ejercer su proverbial capacidad de influencia en Madrid, una de las razones de ser del PNV, con genuino ADN de conseguidor más que de resistente sufridor. Unas elecciones en las que podría no repetirse la fórmula de la plataforma independentista (Junts pel Sí). Esa opción propulsaría a ERC en detrimento de un PDeCAT también cercano a la implosión y abriría el abanico a una posible fórmula de gobierno transversal con En Comú Podem y quizás -solo quizás- el PSC.

Ajuria Enea y Sabin Etxea verían con buenos ojos ese viraje en la narrativa del ‘procés’, que, en puridad, liquidaría definitivamente el ‘procés’ mismo. El PNV ha apoyado públicamente la celebración del referéndum ilegal del 1-O pero sabe que solo un reseteo duro en Cataluña le ayudaría a mantener su influencia. La reforma constitucional apalabrada entre PP y PSOE no les convence porque saben que nunca reconocerá a Euskadi como sujeto político en pie de igualdad con el Estado. El propio PP prefiere mantener a los jeltzales en el redil de la estabilidad, incluso ayudando a evitar una prórroga presupuestaria en Euskadi, antes que empujarlo al monte. Por eso la implosión del ‘procés’ es el mal menor a estas alturas. Porque, como en la célebre paradoja gatopardiana de Lampedusa, a veces para que toda siga como está es necesario que todo cambie.

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