El imperio (de bilbao) va bien

Aburto utiliza las encuestas como un argumento arrollador

Pablo Martínez Zarracina
PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

Si las leyes cósmicas permiten la existencia de universos paralelos, quizá se celebre por ahí, en un mundo similar pero distinto, algún debate sobre el estado de la nación, de la autonomía, de la ciudad, en el que el máximo dirigente comparezca con mala cara y la camisa arrugada, aplastado por el insomnio: «Lo he estado mirando y esto no marcha. Todo sale mal. Todo son problemas. En serio, no sé qué hacer. Si hasta he vuelto a fumar. ¿Alguien tiene tabaco?».

Carmen Muñoz entra el pleno seguida del alcalde. / I. PÉREZ

Como habitamos el lado satisfecho del multiverso, ayer el alcalde Aburto compareció en el debate sobre el estado de la villa para hacer justo lo contrario. «¿Cómo está Bilbao?», se preguntó al comienzo de su intervención inicial. «Pues lo digo rotundamente: Bilbao está bien y va a estar mejor».

Sabiéndolo, yo creo que la oposición debió haber comenzado a recoger: «Hombre, nos quedamos más tranquilos». Pero Aburto matizó, no fuesen a acusarlo de triunfalismo: «Bilbao es un gran lugar para vivir. Es un orgullo ser de Bilbao. Bilbao evoluciona mejor en estos últimos años. Bilbao es una ciudad abierta, atractiva, limpia, segura, con excelente servicio de transporte público y donde los servicios sociales, la movilidad y la apuesta decidida por la cultura, la creatividad, el ocio, las actividades deportivas y las rutas verdes son casi de sobresaliente».

Sí, todo seguido. A continuación aclaró que no lo decía él, sino los bilbaínos en las encuestas. La ciudadanía puntúa la marcha de la ciudad con un notable muy alto. El alcalde utilizó ayer la satisfacción demoscópica como un argumento arrollador. «No os conforméis con que el 89% de los bilbaínos estén contentos», llegó a decirle a los miembros de su grupo mientras soplaba para quitarles de encima las críticas de la oposición, esas pelusillas estadísticas.

Sin embargo, las críticas de la oposición (ciudad de postal, barrios olvidados, inercia política, falta de participación…) tuvieron cuando menos cierta resonancia clásica. Quiero decir que fueron las de siempre. Se vieron, eso sí, lastradas por el formato. El debate sobre el estado de la villa no es exactamente un debate. La ausencia de réplicas y contrarréplicas en la modalidad ‘uno contra uno’ lo sitúa todo en unos términos de exposición general, casi teórica, que no encajan bien en el generalmente concreto ámbito municipal.

Como es lógico, quien manda y rinde cuentas está más cómodo en la abstracción. El alcalde habló ayer mucho de valores y de orgullo. De orgullo habló casi con fiereza, otorgándole al concepto una importancia y una relación con el bienestar bastante inexplicables. El problema de estas grandes ideas es que luego falla la escala. «El orgullo de ser de Bilbao es compartido con el orgullo de ser del Casco viejo, de Santutxu o de Zorroza», aseguró Aburto en una de esas elevaciones suyas, como si celebrase que la ciudad hubiese resuelto bajo su mandato las poderosas tensiones internas que tanto debilitaron al Imperio Austrohúngaro.

El alcalde también quiso dejar clara la fortaleza de su acuerdo de gobierno con el PSE. Ofreció grandes pactos a la oposición y les invitó insistentemente a «trabajar juntos». Parece que el debate sobre el estado de la villa ha vuelto para quedarse. El primero se celebró en 2006. Se entiende que durante la década siguiente el estado de la villa fue más bien automático.

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