El impacto de la ‘turismofobia’

A la izquierda abertzale le ha venido de perlas la campaña#de la CUP en Cataluña

Tonia Etxarri
TONIA ETXARRI

Atacar al turismo para demostrar a los visitantes que no son bienvenidos es tirar piedras contra el propio tejado. Contra una de nuestras principales fuentes de riqueza, contra los trabajadores que están empleados durante la época estival, contra el progreso en general. De la misma forma que, en los años de ‘plomo’, los fanáticos y terroristas boicotearon las obras del Tren de Alta Velocidad. Y así estamos ahora. Presumiendo de repunte en el crecimiento de la economía pero treinta años después del primer proyecto institucional, en el furgón de cola del transporte rápido ferroviario. Por detrás de Andalucía, Madrid y Cataluña.

Por eso, a la campaña desatada contra el turismo en Cataluña, Baleares y, ahora, en Euskadi, debería dársele la importancia que merece. Ni los jóvenes de la CUP son solo unos «niñatos» malcriados, como les llamó el portavoz del PP, Martínez Maíllo, ni Sortu se limita a «reír las gracias» a sus juventudes, como les reprocha el PNV. Porque en los dos casos ambas formaciones políticas, la CUP y Sortu, justifican y alientan la presión de este verano.

Esta es una operación de gran calado con tintes populistas que se ha activado, precisamente, en las comunidades donde anida un sentimiento independentista radical cuyos jaleadores, junto a los antisistema, han querido canalizar porque necesitan aferrarse a la ‘turismofobia’ como tabla de salvación, para justificar sus propias carencias. Con la excusa de arremeter contra el capitalismo salvaje (el «turismo explotador») y aprovechándose del descontento ante la masificación de visitantes y los alquileres de pisos no regularizados, han planificado actos de violencia con el objetivo de crear desestabilización .

Que el turismo masivo es molesto nadie lo pone en duda. Pero la coacción y el ‘matonismo’ no se pueden justificar. Desde que la inseguridad se ha instalado en los países que limitan con la cuenca del Mediterráneo, crisol de viajeros aventureros y turistas acomodados, por culpa del terrorismo yihadista (como Túnez, Egipto, Turquía), la peregrinación estival se ha reorientado hacia España. Un pasto idóneo en donde se han alimentado los grupos que recurren a la intimidación callejera y que en realidad están buscando otros objetivos. En la costa valenciana o andaluza, por ejemplo, no les queda ni un hueco donde poner una toalla en la playa y no por eso se ataca a las embarcaciones. Entre otras cosas porque saben que en esas zonas dos de cada cinco empleos dependen del turismo. Pero en Cataluña, la dejación de autoridad por parte del Ayuntamiento de Ada Colau y de la Generalitat ha permitido que los antisistema de la CUP se hayan colado hasta la cocina de los restaurantes. Sin tener claro cómo justifican sus ataques. ¿Los que alquilan las bicis por la ciudad son turistas de élite? ¿Los que recorren las calles en un autobús guiado eclipsan la imagen de una sociedad tan oprimida y asfixiada que necesita independizarse de España?

En Euskadi no existe un problema de masificación de turistas. Pero no porque se trate de un destino caro, como sugiere la viceconsejera Isabel Muela, sino porque el viajero, en esta zona de cielos grises, temperaturas que a veces no rebasan los 20 grados y sirimiri en días alternos, busca otros alicientes culturales y gastronómicos además de la playa. Pero da igual. A la izquierda abertzale le ha venido de perlas la campaña de los radicales catalanes. Y ellos, que llevan tiempo secundando las puestas en escena de la CUP, han encontrado la excusa idónea para tener visibilidad política con alguna bandera adicional a la eterna de los presos de ETA. Ahora quieren echar un pulso ‘de clase’. Contra el negocio salvaje del turismo. Dicen. Y así quedan, por lo menos, tan antisistema como los populistas sin calcular que pueden acabar cargándose la imagen del destino ideal para vacaciones ahora que ya no tenemos terrorismo. ¿O es la estabilidad lo que les incomoda?

Parece lógico que el Gobierno vasco se muestre preocupado por los mimetismos de la izquierda abertzale con los radicales de Cataluña. Pero debería reaccionar con más diligencia. En Euskadi ya existe una larga experiencia con la violencia callejera. Las multas y las inhabilitaciones acabaron por dejar a cada cual en su sitio. La ley penaliza a individuos identificados en actos vandálicos. Es cuestión de ponerse.

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