IGNACIO DE LOYOLA Y EL LIDERAZGO JESUITA

Manfred Nolte
MANFRED NOLTE

Chris Lowney es autor del best-seller titulado ‘El liderazgo al estilo de los Jesuitas’(2005). Lowney ha tenido el acierto de analizar y difundir una historia de éxito, transcurrida quizá inadvertidamente a nuestro lado pero de una relevancia singular: el caso de Ignacio de Loyola y de los principios inspiradores de la corporación jesuítica.

Lowney ha diseccionado los principios del liderazgo que han guiado durante casi cinco siglos a la Compañía de Jesús en sus diversas actividades y los pilares sobre los que descansa el edificio de una de las sociedades civiles más reconocidas del mundo. Esta empresa multinacional sin ánimo de lucro fue creada en 1540 por diez hombres bien formados en letras pero sin conocimientos contables, financieros ni de marketing, sin capital fundacional, sin ningún plan estratégico o de negocio, con el nudo sometimiento a las leyes de la Iglesia de Roma y de su Obispo Universal. De esa manera los jesuitas edificaron una organización jerárquica y multifuncional dedicada al servicio y diseminación de la fe (A.M.D.G), el alivio de la pobreza, a la educación a todos los niveles, al trabajo misionero y a la pastoral urbana, constituyendo desde entonces una especial fuente de inspiración. En la actualidad la Compañía de Jesús completa una nómina de 16.740 profesionales al frente de más de 2.000 obras pastorales, educativas o sociales, en 127 países del planeta.

Celebrando hoy la festividad del Santo de Loyola, me ha parecido oportuno resumir algunas de las ideas-fuerza del citado libro, que consiste en el relato del liderazgo visionario del vasco más universal e influyente de todos los tiempos: Iñigo de Loyola.

Ignacio de Loyola preparó a sus estudiantes para poder salir airosos en todos los ámbitos de actuación corporativa, concentrándose en cuatro valores esenciales: que entendieran sus fortalezas, sus debilidades, sus valores y tuvieran una visión trascendente del mundo; que innovaran confiadamente y se adaptaran a un mundo cambiante; que trataran a los demás con afecto y una actitud positiva; y, finalmente, que se motivaran a sí mismos y a los demás con aspiraciones heroicas. El ‘ingenio’ ignaciano significa abandonar cualquier provincianismo, el miedo a lo desconocido, las ataduras al estatus y a las posesiones, los prejuicios y una falsa aversión al riesgo. Previamente, como subraya Lowney, está el descubrirse a uno mismo, lo que quieres y a quién defiendes. Esta es la esencia de la consciencia propia, que establece y alimenta al resto de virtudes.

Añadiré algunos apuntes notables que acompañan, en mi opinión, a la gestión corporativa ignaciana.

En primer lugar, frente a la cultura del miedo, el principal motivador de las empresas, Ignacio propone la cultura de la adhesión por el afecto. Loyola aconsejaba a los jesuitas con mando «gobernar con todo el amor y modestia y caridad posibles», de manera que sus equipos medrasen en ambientes de «más amor que temor».

En segundo lugar, el radicalismo financiero de las obras emprendidas como contrapunto a la austeridad practicada por sus promotores. Ignacio quiere que los suyos vivan en pobreza. Cierto. Sin embargo, el mismo Ignacio, cuando había que fundar un colegio o iniciar una empresa apostólica, pedía dinero a conocidos, amigos y personas influyentes, y lo mismo hacían los compañeros de su tiempo. Las obras nuevas tenían que estar capitalizadas para su viabilidad y someterse al principio de suficiencia.

En tercer lugar la convicción ignaciana de que el líder jesuita debía estar reclutado bajo estrictos principios de selectividad, y cómo el capital humano debía ser un requisito previo de cualquier actuación en una nueva obra abordada. Los primeros amigos que luego fundarían la Orden estudiarán en la Sorbona, porque nada en la Compañía podía ser ramplón o iletrado. Hasta el apostolado espiritual directo debía ser ‘ilustrado’. El heroísmo sin base era como la entrega sin finalidad. De ahí la consigna ignaciana del ‘magis’, una energía infatigable a la búsqueda de oportunidades para sacar de ellas lo más posible en los objetivos corporativos. Un líder, según Ignacio, no espera la llegada del gran momento, sino que lo crea.

Termino: la pretensión de resumir en unas torpes pinceladas el gigantesco legado del liderazgo ignaciano roza el atropello. Espero contar con la benevolencia del lector.

Temas

Loyola

Fotos

Vídeos