La Iglesia lo tiene claro

Es un momento de mucho riesgo y tensión entre quienes buscan cómo volver a los caminos de siempre y quienes quieren dejar atrás los caminos trillados, faltos de encarnación y sobrados de rutina

La Iglesia lo tiene claro
José Ignacio Calleja
JOSÉ IGNACIO CALLEJA

La gente puede pensar que en la Iglesia vivimos ajenos a los cambios del mundo, como si todo sucediera en un teatro de novedades y vanidades que nacen y mueren al compás del telón. O que nos dedicamos a nadar y guardar la ropa, a ver si escampa entre tanta crítica y mala fama como nos alcanzan. O que andamos desesperados viendo la menguante evolución de las cifras de fieles en los templos y sacramentos. La gente puede pensar todo esto y mil cosas más y no acertaría sino a medias. Y desde luego es más atinado y justo pensar que la Iglesia rumia su tiempo y su destino en él, y lo hace con la pretensión de servir en algo a esa gente y a su vida. En libertad, con respeto, aprendiendo mucho del día a día entre ellos, pero con calma y empeño. Estoy diciendo lo que en parte es y, obviamente, lo que quiero que sea de forma rotunda y masiva. En todo caso, el mundo, la vida de la gente más sencilla, nos importa sobremanera; tanto que sin entenderla desde dentro, no podemos decir una palabra con sentido. El Evangelio pensamos que lo tiene todo, pero casi nada es comprensible sin preguntas tomadas de la vida. Es aquello -recuerden- de teníamos las repuestas y nos fallaron las preguntas. Es así. Yo sé que muchos se resistirán a esta idea, pero sin preguntas en el lugar adecuado y justo -desde las víctimas y personas más necesitadas- no hay respuestas. Cuando un grupo cree saber lo que tiene que decir siempre, porque su mensaje es imperecedero y constante, termina repitiendo «a por uvas voy, manzanas traigo». Esa conexión de las respuestas con las preguntas es inalterable en la condición humana. El profesor, el periodista, el político, los padres, el maestro, todos tienen la misma manera de realizar su existencia: conocer las preguntas más humanas para acertar en las respuestas justas.

Pues bien, la Iglesia les aseguro que se pelea con ahínco por dar con su lugar y misión en este momento cultural y social muy desconcertante. Con formas más intelectuales (Benedicto XVI) o populares (Francisco), y las diferencias son de calado, al interior de esa Iglesia se vive una tensión muy sana por sacrificar lo que es peso muerto (el clericalismo dogmático) y abrir espacios a lo que puede refrescar el aire de la casa y hacerla con ganas atractiva (el Evangelio de Jesús). Es un momento de mucho riesgo y tensión entre quienes buscan cómo volver a los caminos de siempre, depurados de boato e imposición, pero anclados a interpretaciones mágicas del dogma, el sacramento, la liturgia y la verdad (faro potente en el monte); y quienes quieren dejar atrás los caminos trillados, faltos de encarnación y sobrados de rutina, a favor de algún tipo de comunidades unidas en la fe y en el testimonio de valores muy humanos y motivadores, y entre todos ellos, la fraternidad; la fraternidad radical desde los más pobres y débiles del mundo (fermento en la masa). No son incompatibles el faro y el fermento, pero sí lo son una vez traducidos a hechos y pretensiones. Uno es de mucho amor, pero ignora las condiciones sociales de la dignidad humana en el mundo y quiere salvarnos en el templo y en las almas; el otro también pone mucho amor, pero sufre con no pocas decisiones de su Iglesia porque las presiente doctrinarias y con escaso apoyo en el Evangelio. Seguramente, habrán de entenderse. Les auguro, no obstante, que el nuevo cristianismo, el más joven y con futuro, va a preferir el primer camino. Lástima, no lo veré, porque estoy seguro de que si exagera, se equivocará.

Les aseguro a ustedes, sin embargo, que el Evangelio tiene la frescura de un texto que se rebela contra sus malas lecturas. Todas son humanas e interesadas, pero las descaradamente interesadas se rompen como una ola contra el espigón del puerto (Jesús de Nazaret) y se llevan por delante a más de un testigo despistado. No es fácil dar con esa lectura revelada -es nuestro lenguaje- que nos rebela contra las perezas ancestrales de la Iglesia o nuestras. No es fácil. Pero vamos a lograrlo, no lo duden, porque los grupos humanos más agobiados, a la postre, lo consiguen casi sin remedio si cuentan con un Maestro ajeno a pactos de compromiso y privilegios. El Evangelio, ustedes lo saben, plantea una interpelación inexcusable por la dignidad de las personas y su respeto; por su fraternidad de base, cualquiera que sea el derecho posterior que las haga diversas; por lo más pobre e inocente del mundo sobre la injusticia de los poderosos y su fuerza. Las patrias y fronteras no son disculpa en nuestra ética social. Responsabilizando a todos de su vida -decimos con razón-, porque la justicia no es una lotería que haya de coger a las víctimas y olvidados en la cama, sino luchando por lo suyo y respetando a los demás en lo que es justo. La Iglesia tiene hoy un futuro muy digno porque ya lleva un tiempo haciéndose las preguntas que pueden llevarle a dar con respuestas verdaderas. Lo deseo. Y en este proceder, la centralidad de las víctimas, de los que padecen grave sufrimiento por la injusticia de otros más fuertes o egoístas, ya no admite dudas. A veces nos cuesta dar con la respuesta precisa de quién es más víctima en un conflicto, porque hay mucha debilidad y razón en ambos lados. A mí me cuesta y esto hace sufrir. Pero en poco tiempo, no hay duda: la vida digna para todos, los deberes de respeto de unos con otros y la fraternidad humana con los más pobres en el centro, ese es el criterio.

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