Algo huele a podrido en Lezama

Jon Agiriano
JON AGIRIANO

A veces, nada como un pequeño soplo de humor para acercarse a una realidad compleja. Tras conocer el despido fulminante de la psicóloga María Ruiz de Oña, alguien escribió ayer en Twitter el siguiente mensaje: «Me encanta el Falcon Crest de Lezama». Tenía su gracia, la verdad. Al leerlo, sólo pude hacer una objeción: su autor se había quedado corto. Y es que lo que sucedía en los dominios de Ángela Channing se me antoja algo muy light, poco más que una comedia de enredo, comparado con lo que se vive a diario en la factoría rojiblanca, donde cada cierto tiempo se tienen noticias de un duelo a primera sangre o de una purga sibilina. Eso cuando no aparece, de repente, un cadáver flotando río abajo, como ha ocurrido esta vez.

Lezama es objeto de discusión desde que el presidente Oraá puso allí la primera piedra hace casi cincuenta años. Esto es algo que hay que asumir porque, si el fútbol profesional está lleno de catedráticos, en el fútbol formativo ya no cabe otro más. El siguiente cae al agua, como predijo Santiago Amón que ocurriría en España con los tontos. Ahora bien, una cosa es que discutamos sobre el trabajo de cantera con más o menos conocimiento, algo que por otra parte no deja de ser un derecho de todos los aficionados, y otra que en un club como el Athletic tengamos que asistir a este indignante espectáculo de luchas intestinas, infidelidades y traiciones.

La indignación, al menos en mi caso, no tiene sólo que ver con la mala imagen que estamos proyectando sino con la evidencia de que, después de seis años, esta junta directiva no ha sido capaz de implantar un proyecto sólido, unívoco y armonioso en Lezama. Lo cual no deja de ser paradójico -por decirlo de alguna manera- teniendo en cuenta que, por primera vez, al Athletic lo preside un antiguo canterano. Si algo podía esperarse de Josu Urrutia cuando accedió al sillón de Ibaigane es que tuviese meridianamente claro su proyecto de cantera. En otros temas sus ideas podían generar dudas, pero en lo que se refería a Lezama no podía suscitar ninguna. Lo conocía mejor que nadie. Había echado los dientes allí. En este sentido, era una garantía.

De ahí que resulte incomprensible esta guerra banderiza que se vive a diario en las instalaciones rojiblancas y que, si algo demuestra, es que en el Athletic no hay un proyecto bien definido de cantera. Y no lo hay porque existen al menos dos en pugna, por lo visto antagónicos e irreconciliables, cada uno con sus defensores atrincherados en una guerra de posiciones en banquillos y despachos a la que algunos asistimos perplejos, sin entender cómo se puede seguir dando esta imagen tan lamentable. Y sin entender, por supuesto, la actitud del presidente, la única persona que podría acabar con esto.

La indefinición de Urrutia, sus cambios de opinión, sus decisiones contradictorias u oportunistas, están siendo letales en esta cuestión. Suya es la responsabilidad máxima de que Lezama sea un polvorín y de que, cualquier día de estos, al llegar a las instalaciones nos encontremos como Hamlet, escuchando a un centinela del castillo decir que algo huele a podrido allí. Ha sido capaz de relegar de sus funciones a Amorrortu y tenerle en un despacho comiendo pipas durante dos años y luego devolverle de repente el poder tras quitárselo al que se lo había concedido, Larrazabal. Ha mirado hacia otro lado cuando abandonaban el club profesionales contrastados y no ha dado ninguna importancia a la incomunicación entre el director deportivo y el nuevo entrenador del primer equipo, Cuco Ziganda. Y ha permitido que cada jefe banderizo haga sus purgas y meta a sus técnicos afines en los diferentes equipos. Ahora despide a una psicóloga, estrecha colaboradora de Amorrortu, que llevaba veinte años en el club trabajando de la misma manera. ¿Por qué no la despidió antes si no le gustaban sus controvertidos métodos?

Todos son preguntas y, por supuesto, no hay que esperar ninguna respuesta. Si la cerrazón informativa es general en todos los ámbitos del club, en lo que se refiere a Lezama es absoluta. No se da ninguna explicación de lo que sucede allí. ¡Ni siquiera de lo bueno, que por supuesto lo hay! En seis años, no se ha ofrecido ninguna información sobre el trabajo formativo, sus objetivos y fundamentos. Por supuesto, no ha podido hacerse ninguna entrevista a nadie. O ningún reportaje sobre el día a día de los chavales. Jamás se ha escuchado a Urrutia una reflexión sobre sus planes con la cantera. Lo último que dijo es que Lezama siempre ha estado cuestionada y que las críticas «son interesadas». Pues muy bien.

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