la hora del 'seny'

Olatz Barriuso
OLATZ BARRIUSO

Las horas previas a la decisiva comparecencia en el Parlament de Carles Puigdemont transcurren densas, espesas, ominosas. Se huele el miedo de quienes se sienten al borde del abismo y a punto de ser arrojados al vacío o arrastrados a tierra firme en el último segundo. La clase dirigente en Euskadi contiene el aliento y guarda un tenso silencio. Se juega mucho a pesar de que la sociedad vasca, como ratificaba ayer un sondeo encargado por la televisión pública, rechaza mayoritariamente aplicar el modelo catalán en Euskadi y defiende en la misma proporción explorar un acuerdo con el Estado que permita acceder a mayores cotas de autogobierno. Un camino de imposible tránsito si una declaración unilateral de independencia empuja al Estado a una espiral reactiva y recentralizadora y refuerza los apoyos de quienes así lo defienden frente a los partidarios de salidas reformistas.

De ahí que muchos se lleven las manos a la cabeza y se pregunten cómo demonios hemos llegado hasta aquí. En Euskadi y en Cataluña, donde la fuga de empresas ha abierto una enorme vía de agua en la ya frágil cohesión del independentismo. De ahí que ayer siguieran proliferando los intentos de tender puentes, de hacer triunfar el ‘seny’ de todos los catalanes y no solo de los que salieron a la calle el domingo para reivindicarlo. Pero las señales que los protagonistas de este drama emitieron no auguran nada bueno y se adivinan más a merced de la ‘rauxa’, del arrebato, que de sentido común alguno. Solo añaden más presión a la caldera.

La ANC, auténtica instigadora del pulso, convocó a sus huestes en las inmediaciones de la Cámara catalana a la hora prevista para la comparecencia del president, del que siempre se ha dicho que estaba dispuesto a inmolarse. Su problema es que no se representa solo a sí mismo, sino a un bloque en el que conviven los partidarios de escuchar al poder económico y echar el freno con aquellos que dejarán de considerarle uno de los suyos si hoy no empuja a Cataluña al precipicio. Puigdemont se debate entre ser recordado como un traidor o convertirse en mártir y unirse a Companys en ese simbólico altar. De ahí que el popular Pablo Casado hiciera un flaco favor a Rajoy cuando se le calentó la boca y comparó a ambos presidentes. La sentencia de Twitter, aunque tergiversada, fue demoledora: Casado espera que fusilen a Puigdemont. Poco importa que el dirigente popular se refiriera a su detención en 1934 y no a su ejecución en 1940. El eurodiputado del PDeCAT Ramón Tremosa propuso una solución envenenada, una independencia a la eslovena. Una secesión a plazos en la que hubo referéndum ilegal, reconocimiento internacional y, en medio, -y esto, vaya por Dios, lo olvida Tremosa-, una guerra con una Yugoslavia que ya amenazaba desmembramiento. Ése era el desolador panorama en la vigilia del 10-O. Parecía imposible de empeorar hasta que la CUP propuso tranquilamente un corralito en la futura República. Debería ser la hora del ‘seny’ pero de momento solo se trasluce una pavorosa agonía.

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