La hora de saltar

Centenares de inmigrates acampan junto al Puerto

Pablo Martínez Zarracina
PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

Hay cosas que son difíciles de impedir. Que el viento se mueva a su capricho, por ejemplo. O que alguien de veinte años termine entrando, por las buenas, por las malas, como sea, en el país en el que quiere entrar. En ambos casos consiguen imponerse las mismas fuerzas naturales. Existe por desgracia una diferencia: el joven de veinte años sí puede llegar a morir en el intento.

La colisión entre el derecho a la libre circulación y el derecho de los Estados a regular la radicación de extranjeros origina una grieta teórica clásica. El modo en que nuestra época ha conseguido hacer de esa grieta un abismo resulta desesperanzador. La misma Europa que llenó los caminos del siglo XX de desplazados es incapaz de ofrecer una respuesta a quienes hoy se ven obligados a dejar sus países. Puede sonar como otro de esos dramas históricos que nos pillan a desmano, pero en Zierbena hay dos centenares de inmigrantes acampados en las inmediaciones del Puerto. Aspiran a colarse en un ferry y llegar a Inglaterra, ese país acogedor que ahora mismo está expulsando a ciudadanos de la UE -apuesten a que habrá entre ellos más polacos que alemanes- tras cometer delitos tan graves como celebrar un cumpleaños en un parque.

Quienes esperan en Zierbena para saltar dentro de un ferry son en su mayoría albaneses y no buscan asilo político, sino llegar a ciudades de Reino Unidos donde tienen contactos, familiares, amigos. El Gobierno inglés habla de delincuencia organizada y teme un nuevo trampolín continental como el de Calais. La compañía del ferry está por su parte obligada a pagar por cada polizón que se detecta y amenaza con dejar el Puerto si no le cuadran las cuentas. Mientras tanto, los agentes de Aduanas describen intentos casi suicidas de colarse en caravanas, coches y remolques.

Todo esto pasa en Zierbena, nuestro bonito pueblo costero. Y podrá desplazarse hacia otro lugar, pero no podrá evaporarse. La razón aguarda en los testimonios de los migrantes. Mahmud Traoré, por ejemplo, un joven senegalés que saltó la valla de Ceuta en 2005. En 'Partir para contar' explica que, tras meses en Gurugú siendo explotado por las mafias, se conjuró con un amigo para llegar a nado desde la costa marroquí a las playas de Ceuta. Estaba dispuesto a hacerlo obviando un detalle de cierta importancia: no sabía nadar.

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