HERODES GANA

Viene el invierno... demográfico

Pablo Martínez Zarracina
PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

Una de mis abuelas invocaba a Herodes cuando los niños regresábamos al estado de naturaleza precisamente en su salón. Aquello me impresionaba. En parte por la familiaridad con la que mi abuela se refería a los tetrarcas del Jordán. Y en parte porque, gracias a aquellas Biblias infantiles ilustradas por Piet Worm, yo ya estaba al tanto de que Herodes había cometido una matanza muy fea de chiquillos. Eran otros tiempos. Me refiero al siglo I en Palestina y a los años 80 en Bilbao. La abundancia de niños hacía tolerable en ambos casos la apelación al infanticidio, del mismo modo que la abundancia de tomates en el sudeste español hace tolerable la tomatina en Buñol. La filosofía moral, a veces, es una cuestión de stock.

Hoy el triunfo de Herodes no aguarda en los labios de las abuelas que se fingen enfadadas, sino en un sitio de veras preocupante: la estadística. Los índices de natalidad no dejan de desplomarse y los del País Vasco están entre los más bajos de Europa. Lo que pudo ser una tendencia sociológica se ha convertido en un problema político; uno real, inapelable y complejo, es decir, uno que cualquier político en su sano juicio evitará afrontar mientras pueda seguir explotando el latifundio ficticio de la ideología, ese lugar donde los enemigos tienen la culpa de todo y los beneficios son constantes e inmediatos.

Los expertos llaman a lo que viene «invierno demográfico». Ya se ve que eso no pinta bien. El desafío exige esfuerzo, talento, planificación. Justo esas cosas, sí: también es mala suerte. Todo apunta a que no bastará con que los mandamases salgan a los balcones de las instituciones y realicen un llamamiento emocionante: «Ciudadanos y ciudadanas: ¡A procrear!»

Sin embargo, hay que facilitar en lo posible que los jóvenes procreen. Suele ser conveniente que antes tengan casa y un sueldo razonable. Y hay que facilitar también que los niños nos lleguen ya hechos, o a punto de hacerse, a través de jóvenes inmigrantes. Lo de las «ínclitas razas ubérrimas» de Rubén va, por la parte que nos toca, del todo en serio. Este viejo país necesita sangre joven. La alternativa es desoladora y ya ofrece algunas señales pesimistas. Acuérdense de la pirámide de población cada vez que tengan la sensación de que la realidad se ha vuelto quejumbrosa y egoísta, algo mezquina, extrañamente superpoblada de mascotas.

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