Harakiri a la catalana

Con su actuación de ayer el president Puigdemont ha terminado de hundir al PDeCAT en beneficio de ERC

Alberto Ayala
ALBERTO AYALA

Hay pocas ocasiones en las que los políticos logran sorprender. Para lo bueno y para lo malo vivimos tiempos en los que acostumbra a llover sobre mojado, en los que se prefiere repetir o emular a innovar y arriesgar.

No parece el caso del president de la Generalitat y dirigente del PDeCAT (la antigua Convergència), Carles Puigdemont. Ayer confirmó con hechos que su decisión de llegar hasta el final con el referéndum independentista del 1 de octubre es tan firme que está incluso dispuesto a terminar de hundir a su propio partido en beneficio de su socio de Gobierno, en la coalición electoral Junts pel Sí y principal rival en el campo nacionalista, Esquerra Republicana de Cataluña (ERC).

Puigdemont cortó la cabeza el pasado día 3 al conseller de Empresa, Jordi Baiget, por poner en duda que el Govern catalán vaya a ir hasta el final con la consulta. Ayer, tras una noche de consultas, llevó a cabo una segunda crisis de gobierno más amplia. De nuevo para sustituir a tres consejeros más o menos dubitativos (Neus Munté, Meritxel Ruiz y Jordi Jané) por tres ortodoxos: Jordi Turull, Clara Ponsatí y Joaquim Forn. Todos ellos militantes del PDeCAT.

El movimiento resulta significativo. Salen los titulares de dos consejerías especialmente sensibles con vistas al referéndum. En concreto, la de Educación, responsable de abrir los centros escolares y habilitarlos como colegios electorales. Y la de Interior, que controla los Mossos d'Esquadra, que muy probablemente se verán en la tesitura de obedecer bien a la Generalitat, o a la Justicia española.

Pero, además, denota que existen fisuras en el PDeCAT. Que personalidades de mucho peso en la organización heredera de la antigua Convergència y cada vez en mayor número dudan de la viabilidad del 1-O después de que el Gobierno Rajoy haya dejado claro que no tolerará el referendo. O tienen miedo a las consecuencias penales y/o económicas derivadas de vulnerar la legalidad vigente, empezando por la Constitución y el Estatuto, para celebrar la consulta. O ambas a la vez.

No menos significativa resulta la manera en la que el president dio a conocer los relevos en el Govern: en una comparecencia conjunta con su vicepresidente y líder de Esquerra: Oriol Junqueras. Este formato refuerza, sin duda, la imagen de unidad de los dos socios para llevar hasta el final el desafío soberanista al Estado. Pero al colocarse en pie de igualdad con su 'número dos' regala un protagonismo político a su mayor adversario en el campo del nacionalismo catalán del todo inusual en política.

Mucho me temo que, tras esta remodelación del Govern, integrado ya sólo por fieles entre los fieles dispuestos a inmolarse política, jurídica y económicamente por el 'procés', Puigdemont y Junqueras van a intentar seguir adelante hasta donde puedan. Eso quiere decir que probablemente a finales de agosto aprobarán en lectura única esa aberración de Ley de Referéndum que pretenden esté por encima de cualquier otro texto legal. Que comprarán las urnas necesarias para el 1-O. Que ese día intentarán abrir el mayor número posible de colegios electorales. Y que buscarán que los Mossos se encarguen de velar por la seguridad durante la jornada.

En otras palabras que vamos imparables hacia el choque de trenes. Que el Estado tendrá que actuar. Y que ojalá todo acabe sin más violencia que la dialéctica en unas nuevas elecciones autonómicas, que probablemente ganará de calle ERC, y tras las que la situación debiera serenarse como paso previo al reinicio del diálogo político entre los diversos actores.

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