Guggenheim: FRANK DE LA RÍA

Cinco personalidades reconocen su secreto bilbainismo

Pablo Martínez Zarracina
PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

El domingo, al poner la tele para seguir el carrusel de falacias y porrazos, vi el anuncio del Guggenheim. Impresionante. Frank Gehry, Richard Serra, Jenny Holzer, Jeff Koons y David Hockney asegurando que son de Bilbao. Como no es bueno someter a un cerebro superficial a la exposición directa de los días históricos, me acordé al instante de Manuel, el botones de ‘Fawlty Towers’. «Yo sé nada, yo soy de Barcelona», le decía siempre Manuel a John Cleese en un inglés aproximado.

Curiosamente, Andrew Sachs, el actor que hacía de Manuel, no tenía nada de español. Era del norte de Londres y fue la voz de muchos programas de la BBC. Su pronunciación era de lo más canónica. Ya digo que yo me acordaba de estas cosas después de ver por primera vez el anuncio del Guggenheim, mientras esperaba el regreso del radioestadio de los politólogos y los grupos humanos coreantes. Cuando salía de nuevo en la tele Ada Colau, me demoraba en mis ensoñaciones sobre ciudades y acentos. Y llegué a una conclusión: Frank Gehry disimula.

Lo digo porque en el anuncio se ve que Jenny Holzer y David Hockney, pongamos por caso, pronuncian ‘Bilbao’ con el esfuerzo previsible en una dama de Ohio y un caballero de Bradford. Es un esfuerzo constructivo. Pero Gehry -repantingado en una silla con aire de cowboy legendario o socio veterano del Athletic, exudando justo esa mezcla de llaneza y jactancia- hace un esfuerzo destructivo para no dejar mal a sus compañeros. Se hace el extranjero. «Lo creáis o no, soy de Bilbao», dice. Pero lo que se le entiende es: «¿De dónde voy a ser, chocholos? ¿Canadiense?»

Sabemos que el Guggenheim cambió Bilbao, pero no sabemos qué es lo que Bilbao ha hecho con Gehry. Se está convirtiendo en un bilbaíno de inquietante perfección. Hace un par de años mandó a la mierda a un periodista en una rueda de prensa y hace unas semanas dijo que lo del museo en Bilbao también lo aceptó porque se había tomado unos vinos. Solo le falta revelar que es ingeniero en lugar de arquitecto. Si se fijan, en el anuncio (impresionante) que ahora circula, parece que a Gehry acaban de retirarle la mesa del txoko para grabar y que detrás de la cámara está su cuadrilla, poniéndose las servilletas en la cabeza para distraerle. Su adaptación es fascinante. Se merece que le pongamos otro puente.

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