El Guggenheim, éxito cotidiano

ENRIQUE PORTOCARRERO

Quizás la mejor celebración del vigésimo aniversario del Museo Guggenheim sea tanto la misma normalidad cotidiana de su éxito -reflejada en los visitantes diarios que lo frecuentan-, como la ya asentada integración de sus formas arquitectónicas en la imagen de una ciudad a la que ha regalado un aura de renovada modernidad. Gehry no quiso una iluminación específica que resaltara en la nocturnidad sus contornos o que proyectara al espacio el brillo del titanio como monumento al arte en movimiento. Porque sus formas dramáticas se adivinan en la noche al igual que se intuyen las obras de Kapoor, Koons, Louise Bourgeois o incluso Buren, conformando un conjunto artístico bien autónomo con respecto a su eventual iluminación o incluso en relación con su contenido. Porque el arte está también en sus curvas, en sus espacios discontinuos, en el movimiento de sus perfiles y hasta en la integración armónica de las esculturas que lo rodean en su exterior. Un edificio que trasciende la propia funcionalidad de la arquitectura y que igualmente puede convertirse de forma ocasional en formidable soporte por el que deslizar la luz rítmica de un espectáculo tecnológico, creando un mosaico multidimensional en el que las imágenes y el sonido pueden asimismo dar cuenta de su historia de éxito. Será por eso el espectáculo 'Reflections' una fiesta visual y tecnológica para celebrar desde sus formas y desde su imagen la importancia cultural, social y urbana que ha tenido y tiene, aunque su mejor éxito ya se celebra desde la normalidad cotidiana de su presencia.

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