Guggenheim Bilbao: 20 años de éxito

El museo se ha convertido en el ancla que necesitaba Bilbao, Bizkaia y Euskadi para navegar en el presente y el futuro

EDITORIAL

El Museo Guggenheim cumple 20 años. Dos décadas de un éxito incuestionable que ha desbordado con holgura incluso las previsiones más optimistas. Su imponente imagen, varado donde ya nadie recuerda qué había antes, se ha convertido en el inconfundible símbolo de Bilbao; en un foco que alumbra a la villa en todo el planeta; en una palanca que ha contribuido a modernizarla y a desarrollar en torno a ella una industria turística impensable cuando se colocó su primera piedra.

El Guggenheim es fruto de la intuición de unos líderes con visión de futuro que, en plena crisis económica, se empeñaron en abrir nuevos horizontes y en soñar. El tiempo pronto les dio la razón de forma apabullante y acalló las muy minoritarias voces que cuestionaron el proyecto. Atrás quedaron las discusiones, a veces acaloradas, sobre el papel de la cultura y el de las instituciones en la misma; sobre lo propio y lo ajeno; sobre la creación y la exhibición. El Guggenheim las ha superado todas y ha devuelto el debate al contraste entre corrientes artísticas, preferencias personales y futuros necesariamente imperfectos.

Es inevitable cuantificar el impacto de sus 20 años en términos de visitantes, ingresos directos e inducidos y generación de actividad y empleo a su alrededor. Los resultados en ese terreno son apabullantes. Más difícil resulta apreciar su valor en cuanto al modo en que las gentes de Bilbao, de Bizkaia y de Euskadi ven las cosas bajo la luz del Guggenheim. Y también en cuanto al modo en que la gestación artística y su propia contemplación han podido variar y crecer gracias a la existencia de tan imponente faro.

Entrar al Guggenheim continúa siendo una experiencia ilusionante dos décadas después porque la obra de Gehry transmite desde sus entrañas sensaciones de disfrute en el vértigo de algo que parece todavía inesperado. La gestión del museo ha conseguido que su llama siga encendida, como si no pudiera apagarse en el mañana. Ni empalidecen las cifras ni empalidecen las sonrisas de quienes se maravillan al sentirse bajo su protección. Es un icono vivo, una ventana inabarcable, la confirmación que necesitaba nuestro orgullo y el ancla que precisábamos para navegar en el futuro. Otros 20 años no serán nada para el Guggenheim.

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