Grabando

Pablo Martínez Zarracina
PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

Los antidisturbios nunca aparecen cuando se los necesita y el martes quinientas personas participaron en un casting de 'Gran Hermano' que se celebró en un hotel de Bilbao. Además de un mínimo de tatuajes y una autoestima que resulte al tiempo llamativa e infundada, para entrar en 'Gran Hermano' hay que tener muchas ganas de renunciar a la propia privacidad. Como saben, el programa consiste en que el espectador pueda seguir en directo todo lo que hacen los participantes encerrados en una casa. El espectador asiste de ese modo a las charlas, las peleas, las abluciones, los bostezos y los apareamientos de los concursantes y se siente como Biruté Galdikas estudiando a los orangutanes de Borneo, solo que los orangutanes mostraban más nobleza y en algunos casos mejor conversación.

Cabe la posibilidad de que la Ertzaintza no disolviese el martes lo de 'Gran Hermano' porque estaban ocupados con otro asunto: la detención de un individuo de 29 años acusado de grabar con su teléfono a mujeres en vestuarios de polideportivos públicos de Sestao y Barakaldo. Se sospecha que el mismo individuo haya podido actuar también en vestuarios de Portugalete, Basauri, Arrigorriaga y Zorroza. Para conseguir las imágenes de quienes se estaban cambiando, el detenido no confiaba tanto en la nanotecnología y los drones como en esconderse en los baños del vestuario y asomar el móvil por la rendija inferior de la puerta.

Lo rudimentario de ese proceder nos hace albergar alguna esperanza sobre la difusión que hayan podido alcanzar las imágenes robadas. Lo que ya parece más difícil es que los tiempos, las costumbres y los cacharritos no vayan a favorecer la proliferación de esta clase de conductas que consisten en involucrar al prójimo contra su voluntad en un 'Gran Hermano' de mayor o menor alcance. A veces pasará porque cuelan una cámara en el vestuario, a veces porque te cruzas en la calle con un 'youtuber' gracioso, a veces porque te acuestas con el jugador del Eibar equivocado. Ya no corresponde defender la alegría como decía el poema cursi aquel. Hay que defender algo mucho más serio: la privacidad. El resto del verso de Benedetti incluso sirve por una vez. Defender la intimidad como se defiende una trinchera.

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