Gente del 78

Cada época tiene los políticos que se merece. Pero no deberían faltar dirigentes como Manuel Marín

Gente del 78
José María Romera
JOSÉ MARÍA ROMERA

Entre la nueva y la vieja política se libra un pulso bastante artificial, forzado sobre todo por los intereses de los emergentes. A ellos les viene bien montarse en la ola edadista que anega tantos ámbitos de la vida social y cultural, la que discrimina a los mayores por solo hecho de serlo y sobrevalora en cambio al joven, aunque sus méritos no vayan más allá de una fecha en el carné de identidad. Pero no es nada nuevo. Las disputas entre antiguos y modernos han existido desde el origen de los tiempos, y en ellas el imberbe siempre ha jugado con el ventajismo que otorga la arrogancia juvenil. En los últimos años esta desigualdad ha castigado especialmente a los políticos de la transición, a quienes el relato histórico de los más nuevos parece haberse empeñado en dejar a la altura del lodo. No es justo, evidentemente. Entonces hubo genios y patanes, justos y venales, rectos y pícaros, y seguramente en la misma proporción que ahora.

Acaba de fallecer Manuel Marín, uno de los mejores de aquella hornada. Uno de los que se alineaban en el lado impecable de la historia, sin llamar demasiado la atención, más pendientes de hacer las cosas bien que de dar la campanada, convencidos de la importancia de su tarea sin por ello darse importancia a sí mismos, guiados por el interés general y no por el afán de hacer triunfar su doctrina, buenos profesionales salidos de las aulas y los despachos que ejercieron la política con el entusiasmo de quien prepara sus clases con esmero o defiende a un acusado ante los tribunales. No sabría decir si este es el perfil ideal del político. Los tiempos cambian y con ellos se van abriendo camino en la vida pública personas que antes uno solo habría imaginado detrás de un mostrador, sobre una pasarela de moda o al frente de una banda de hinchas. Quizá estén dotados para hacer su trabajo, o quizá si han llegado a la primera fila es porque se acomodan al gusto de los votantes mejor que los líderes de antaño.

Cada época tiene los políticos que se merece. Pero no deberían faltar dirigentes como Manuel Marín, aunque solo fuera por el efecto pedagógico que causaría su presencia en medio de todo este gallinero. Culto, cortés, europeísta convencido, austero, honesto, más amigo del consenso que de la discordia, buena persona, supo estar en su sitio tanto cuando ocupó los más altos cargos como cuando le tocó la retirada. No deja de ser aleccionador que después de haber estado al frente de ministerios, parlamentos y otras instituciones de postín, sus últimos años los hubiera ocupado en el estudio del cambio climático y de otros grandes desafíos a los que se enfrenta el planeta. Hubo otros como él, bastantes más de los que quiere hacernos creer la corriente de desmemoria y mala fe retrospectiva que se ha instalado en nuestra política. Gente de otro tiempo, sin duda.

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