Garoña

El cierre de la central, símbolo y disputa, constituye una ganancia medioambiental y una inversión en salud indiscutibles

Maria Maizkurrena
MARIA MAIZKURRENA

Se anuncia el cierre de Garoña. Parece que ahora es definitivo. El anuncio definitivo y el último cierre. La vieja central, hermana de la que se averió en Fukushima, será desmantelada. Esto va a proporcionar trabajo a unas cuantas personas durante los próximos trece años. Después, podrían construirse en la misma zona estructuras de generación de energía limpia, y así crearse más puestos de trabajo, más que los perdidos, con lo que el saldo total sería de ganancia y no de pérdida. La ganancia medioambiental, y por tanto la inversión en salud, es indiscutible, aunque quedan muchas consecuencias que gestionar. Por otro lado, hay que contar con la oposición de esas personas (y gobiernos) a quienes la energía limpia les da alergia, repelús, les eriza el vello de disgusto y les provoca eritemas. Es un odio primordial, poderoso, casi instintivo. A ellos lo que les gusta es que la gente respire el olor acre del diésel quemado en los motores de los vehículos, con sus partículas finas que se cuelan hasta lo más hondo de los pulmones. La lotería de los vertidos accidentales hace que les corra un escalofrío de emoción por la espina dorsal y el escenario apocalíptico de los paisajes tipo Chernóbil les parece un bello riesgo que anima el juego de la apuesta económica. En el capitalismo tardío todo es juego, todo es apuesta, todo pasión por la ganancia monetaria furiosamente creciente. Los tecnicismos externalizan las pérdidas más importantes (pérdida de vidas, de salud, de biodiversidad, de recursos naturales) empujándolas a los extrarradios de la realidad. Garoña ha sido un símbolo y una disputa, por temor a que la cesión de una pieza en la partida atrajese la derrota. La postura de Endesa era no ceder, mientras que Iberdrola, la otra propietaria del insignificante peón derrotado, era partidaria de entregarlo al enemigo para que este se distraiga con sus despojos. El Gobierno acusaba a Iberdrola de ciertas semiocultas intenciones y el Consejo de Seguridad Nuclear daba 'un pasito paralante y un pasito paratrás'. El acta más reciente de inspección del CSN habla de bidones llenos de material radiactivo sin tapa o corroídos… Corroídos, varios; sin tapa uno que se cayó desde la altura de tres metros y vertió tres litros de su contenido. Hubo que retirar el asfalto afectado hasta dos o tres centímetros de profundidad. En el mismo almacén hay 2.396 bidones de concentrados radiactivos y 414 de barros y lodos. Es el ATR, la pura gloria de la desidia que invade a las empresas ante actividades que no prometen dividendos, envuelta en un halo de chapuza hispánica como el llamado 'desastre Lex Net', pero con la posibilidad de consecuencias muy directamente letales. De Lex Net, la gran chapuza informática pagada con dinero público, hablaremos otro día.

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