¿Ha ganado ya Maduro?

No habrá presión eficaz sobre el presidente venezolano si Cuba, su principal valedor, se queda al margen del reproche internacional

Javier Zarzalejos
JAVIER ZARZALEJOS

Una de las declaraciones más estrafalarias que se pueden recordar en un dictador, incluso para los criterios del realismo mágico latinoamericano, es la advertencia de Nicolás Maduro de que «va a dialogar con la oposición por las buenas o por las malas». Eso del diálogo «por las malas» se puede imaginar sin mucho esfuerzo en qué va a consistir. Será la continuación de las coacciones a la oposición a la que Maduro hace objeto de su persistente represión, pero que necesita para legitimar en alguna medida su golpe de Estado.

La Mesa de la Unidad Democrática (MUD) vuelve a experimentar disensos en el peor momento ante la decisión de participar o no en las próximas elecciones regionales que Maduro ha adelantado al próximo mes de octubre. Es verdad que la política de silla vacía que la oposición decidió en la primera legislatura de Hugo Chávez permitió a este institucionalizar su régimen sin contrapeso alguno. Aquello fue un error de la oposición democrática venezolana que pesa en su debate actual. Pero es igualmente cierto que ahora las circunstancias son cualitativamente distintas. Ya no se trata de dejar vía libre a la construcción de un régimen autoritario sino de entrar en el juego de una dictadura consumada a través de un golpe de Estado contra la propia Constitución chavista, una vez que se comprobó que ni siquiera esta ha sido capaz de frenar la progresión electoral de la oposición. Sin las mínimas garantías legales ni de limpieza electoral, con más de 120 muertos ocasionados por la respuesta del régimen a las protestas en la calle, la participación de los partidos integrados en la MUD en las próximas elecciones regionales sólo podrá entenderse como una legitimación de lo perpetrado por Maduro. Sin embargo hay que contar con que la oposición sufra presiones para aceptar el golpe madurista como un hecho consumado y que entre en la trampa que quiere imponer Maduro. Presionar a la oposición para que convalide con su participación el proceso electoral espurio del próximo mes de octubre es el tipo de iniciativa que encaja con la trayectoria del grupo de mediadores -que no son tales- en el que figura el ex presidente Rodríguez Zapatero. La oposición hará bien en resistir tales presiones y seguir exigiendo garantías y legalidad democrática, algo que el régimen ni puede ni quiere ofrecer. Las elecciones de octubre, como ahora ocurre con todo en Venezuela, emanan de la asamblea constituyente urdida por Nicolás Maduro y el hombre fuerte del régimen Diosdado Cabello. No tendría mucho sentido que mientras la gran mayoría de países latinoamericanos, Estados Unidos, España y la Unión Europea han negado legitimidad a esa asamblea, considerando nulos los actos de esta, la oposición democrática se plantee aceptar la convocatoria electoral regional.

Más allá de estos comicios la cuestión es si la respuesta internacional está resultando lo suficientemente concluyente como para impedir la consumación del proceso dictatorial en Venezuela. Maduro y la asamblea constituyente siguen pedaleando en tándem para consolidar a marchas forzadas la ‘cubanización’ del país. En esta transición regresiva que experimenta Venezuela es bien visible la urgencia del régimen por llegar cuanto antes al modelo de los hermanos Castro en el que el régimen chavista deposita sus esperanzas de continuidad. Cuba no es un precedente disuasorio sino más bien un ejemplo inspirador y exitoso para una dictadura que quiere eternizarse.

El Gobierno español debería concretar las «sanciones selectivas» de las que habló contra los dirigentes venezolanos. La solidaridad y la protección que puede ejercerse hacia la oposición democrática desde España y la Unión Europea tendría que ser mucho más visible y activa. El ‘escudo diplomático’ que ha impedido la toma de la Asamblea Nacional por las fuerzas chapistas gracias a la presencia de embajadores latinoamericanos es un buen ejemplo de compromiso con la oposición democrática y las instituciones al que España debe sumarse activamente. La Asamblea Nacional ha sido despojada de sus poderes legítimos que la propia Constitución chavista le atribuía. Al interminable repertorio de medios represivos del régimen contra la oposición se añade ahora la denominada ‘comisión de la verdad’, puesta en marcha por la asamblea constituyente, y que no es otra cosa que el inicio de una represalia generalizada contra los líderes opositores para descabezar el movimiento de protesta ciudadana.

La reacción frente a la transformación del régimen chavista en una abierta dictadura, frente a la violencia ejercida por las autoridades y la persecución de la oposición democrática, está perdiendo intensidad con una rapidez que sólo puede confortar a Nicolás Maduro y su grupo de poder. El régimen venezolano está aislado, pero conserva el apoyo cercano de Cuba, que es su principal soporte. Por ello, una estrategia de defensa de la democracia y del respeto a los derechos humanos en Venezuela no puede pasar por alto el factor cubano, que ha sido clave para la pervivencia del régimen de Caracas y es clave para asegurar su futuro. Sería una buena prueba de esa presunta ‘normalización’ que algunos ven en Cuba que La Habana ayudara a una salida a la dramática situación de Venezuela. No por apego a la democracia -que no se puede encontrar en el castrismo, ni el de Fidel ni el de Raúl-, pero al menos sí para evitar que se consume el desgarro civil violento hacia el que se encamina el país.

Pero no ocurrirá. La Cuba castrista apoyará a Maduro hasta el final en la confianza de que ésta sea el postrero triunfo del comunismo cubano, su última dictadura exportada. Por eso, no habrá presión eficaz sobre Maduro si Cuba, que es su principal valedor, se queda al margen del reproche internacional. La Unión Europea tendrá que definir si es posible a la vez presionar para el respeto de los derechos humanos y la democracia en Venezuela y ratificar acuerdos de cooperación con Cuba.

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