el fugado

el fugado
Manuel Alcántara
MANUEL ALCÁNTARA

No es fácil darle alcance porque corre más que sus perseguidores y además cambia de sitio. Puigdemont no deja cabos sueltos porque los tiene bien atados a su aspiración, que no es otra que el independentismo, que puede lograr desde un confortable hotel belga sin que le empuje nadie, sólo dejando correr el curso de los acontecimientos. Espera el pitagórico veredicto de las urnas, que siempre tienen razón cuando se abren, aunque no sea razonable después de cerrarlas. La aplicación del famoso artículo 155 no ha sido sólo simbólica, pero contra las vocaciones de mártir es inútil luchar, sobre todo cuando no se martiriza a nadie. Lo curioso es que el bloque de la Constitución haya alcanzado los mismos votos que el separatismo.

Según las encuestas menos insolventes, la participación será del 80%, la más alta de unas autonómicas catalanas. Ciertamente, hay muchos indecisos que pueden inclinar la orinienta balanza de un lado o de otro. Son los escépticos que siempre dicen eso de «que sea lo que Dios quiera, que nunca será nada bueno». ¿Varía mucho la ‘intención de voto’ con la papeleta que se echa por la rendija a la hora de votar? Siempre hay sucesos de última hora que inclinan las voluntades. Ya Jean-Paul Sartre se extrañaba de que hubiera políticos que se inclinaran sobre el pueblo para conocer sus costumbres. ¿Dónde estaban para tener que inclinarse?, se preguntó.

Abundan las protestas multitudinarias contra la violencia machista y la discriminación. La mujer, que en algunas culturas se consideraba como «la mitad del cielo», ha conseguido, desde Simone de Beauvoir, que se mire al hombre como un empresario del infierno. Miles de mujeres salieron ayer a la calle en 50 ciudades españolas. Era el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia ciontra la Mujer. No un día cualquiera, sino como todos.

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