El freno de Puigdemont

El president quiere ganar tiempo para recomponer su estrategia y cambiar de socio

TONIA ETXARRI

Cinco segundos pareció durar el proyecto de independencia del presidente de la Generalitat porque, en cuanto declaró que se iba a crear el Estado independiente en forma de república, anunció que pediría al Parlamento la suspensión de sus efectos. Para negociar las condiciones ¿de desconexión? Después de tantas peticiones de que no tomara una decisión irreparable, del éxodo de tantas empresas que trasladan sus sedes sociales fuera de Cataluña a causa de la inseguridad jurídica que les provocaría la independencia, de la presión en la calle que, finalmente, ha destapado a buena parte de la sociedad catalana silenciada, Puigdemont necesitaba hacer una declaración retórica, un sofisma en sí mismo, un plan a plazos para entretener y confundir al personal y tratar de engañar al Estado. Una forma de ganar tiempo para recomponer su estrategia y, quizás, cambiar de aliados. Porque ayer su puesta en escena fue tan deliberadamente ambigua al proponer suspender el Estado independiente que acababa de declarar que provocó una confusión generalizada entre los propios representantes políticos, que se acogieron, en función de sus intereses, a su particular interpretación.

Fue una declaración de independencia, desde luego. Pero al proponer el suspenso en el tiempo por unas semanas deja la situación del propio presidente de la Generalitat en terreno de nadie y, de paso, a todo el Parlamento de Cataluña. Ni Podemos ni el PSC dieron por válida la declaración. Prefirieron acogerse a la idea de la suspensión. Pero si aún no están suspendidos los efectos de ese Estado independiente en forma de república ¿hay que entender que ahora mismo la Cámara catalana, que está funcionando con unas leyes suspendidas por el Tribunal Constitucional, se encuentra en un limbo jurídico?

Lo cierto es que en los círculos independentistas no daban crédito al plan que le habían oído al presidente de la Generalitat. Decepcionados porque la CUP había forzado hasta el límite de sus posibilidades una proclamación de la República independiente, de forma inmediata, al estilo de Lluis Companys en 1934. Ayer hablaban de «estafa». Podrán tener una firma de Junts pel Sí dando por buena la declaración de la independencia. Esa que unos partidos vieron y otros no. Pero los plazos se alargan. Aún así, algunas empresas importantes catalanas que estuvieron esperando hasta el último momento para ver el desenlace de la sesión parlamentaria entendieron la literalidad del mensaje del president cuando se refirió a «suspender los efectos de la declaración de independencia». Y, por eso, ayer mismo decidieron el traslado de su sede. Puigdemont ha querido marcar otra agenda. Mantener la tensión del ‘procés’ y seguir presionando al Estado. La decepción de la CUP se compensa con el aplauso de los Comunes, que entendieron que el presidente de la Generalitat había dado un paso atrás para forzar el diálogo. Y son 11 diputados en el hemiciclo catalán. Los mismos que el PP. Uno más que la CUP.

Si las fuerzas constitucionalistas se enredan en interpretaciones diversas y variadas, el debate en el Congreso de los Diputados, durante la comparecencia del presidente Rajoy, se verá sumido en una gran confusión. Sin que el Estado vaya a responder al desafío soberanista con la aquiescencia de los partidos que necesita. Justo lo que buscaba Puigdemont.

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