freno al 'procés' o nuevas elecciones

Xabier Gurrutxaga
XABIER GURRUTXAGA

El requerimiento efectuado por Mariano Rajoy para que antes de las diez horas del lunes Puigdemont aclare si declaró la independencia de Cataluña devuelve la pelota a modo de ultimátum al tejado de la Generalitat. El carácter de ultimátum está claro en el sentido de que si el requerido responde afirmativamente sabe que el Gobierno activará el mecanismo del artículo 155, y con toda seguridad se pondrán en marcha las iniciativas de orden penal para acusar de sedición y rebelión a distintos responsables. Si la respuesta es negativa, podría abrirse un tiempo y un espacio para un diálogo incierto, pero que es imprescindible. Esa es la situación en la que deben desenvolverse el independentismo y los representantes del Estado, cada cual con sus responsabilidades, sin que nadie pueda inhibirse de las suyas.

Tanto la declaración unilateral de independencia (DUI) como la activación del artículo 155 son los escenarios más nefastos para Cataluña y a medio-largo plazo también para España. La DUI es nefasta porque en las circunstancias actuales conduce al abismo, introduce a la sociedad catalana en un callejón negro, sin salida alguna, y, además, representaría un escenario donde la aspiración independentista saldría profundamente debilitada. También resulta nefasta la vía del artículo 155, porque significa la imposición coactiva, aunque sea legal, de la voluntad del Estado sobre la voluntad mayoritaria de la ciudadanía de Cataluña. Es decir, al margen de la discusión de orden jurídico, en términos políticos y sociales, la activación del 155 será percibida por los catalanes, no solo por los independentistas, como una agresión, como un acto de imposición del Estado. Aunque formalmente no represente la suspensión del autogobierno, esta vía supone de facto la pérdida por la Generalitat de la dirección política y control de las instituciones del autogobierno. Este nuevo escenario produciría profundas heridas en el seno de la sociedad catalana difíciles de sanar y provocaría la radicalización, más si cabe, de las posiciones independentistas, haciendo imposible a medio plazo un escenario de entendimiento normalizado entre Cataluña y España.

Estos son los dos escenarios a evitar, los males mayores. Descartadas las opciones que representan los males mayores, al independentismo no le queda más opción que elegir entre los dos males menores. A saber, u opta por revisar la vía de la unilateralidad desarrollada hasta ahora basada en la irreversibilidad del ‘procés’, apostando por un nuevo proceso político basado en un pacto catalán que agrupe a más fuerzas que las independentistas, o bien, visto el conjunto de circunstancias de todo lo acontecido y la imposibilidad de seguir adelante con la vía emprendida, se inclina por convocar nuevas elecciones al Parlament para que sea la ciudadanía quien valore u juzgue las actuaciones desarrolladas en estos años de dura confrontación. Si los independentistas tienen la convicción de que la mayoría de la ciudadanía les respalda, no deberían tener ningún problema para considerar que esta vía es la más adecuada para salir del atolladero y situar su proyecto político con una legitimación reforzada no solo por representación parlamentaria sino por apoderamiento expreso y directo de la ciudadanía, legitimación que la mayoría de los ciudadanos no otorgaron en las elecciones de 27-S de 2015 para hacer lo que se ha estado haciendo.

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