Frágil unidad contra el terror

Los más audaces soberanistas aceptan con descaro que el fin justifica los medios, como el uso de la manifestación contra el terrorismo

ELCORREO

El presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, se ha ocupado de quebrar la frágil unidad antiterrorista que se había conseguido con dificultad mientras estaban los cadáveres de las víctimas de cuerpo presente: en declaraciones a ‘The Financial Times’, ha culpado al Gobierno de hacer uso político de la seguridad. También ha aprovechado la ocasión para anunciar a la comunidad internacional que ya tiene urnas para el plebiscito unilateral. El Ejecutivo, prudentemente, se ha abstenido de responder a unas declaraciones que eran claramente una provocación, que sólo se explica por el oscuro afán de capitalizar los atentados: la Generalitat ha hecho campaña en el exterior para mostrar su capacidad de gestionar autónomamente una incidencia tan grave como la provocada por la brutalidad islamista. El Gobierno, por su parte, ha hecho lo imposible por neutralizar los intentos de generar división, destacando la magnífica cooperación entre las fuerzas de seguridad del Estado y los Mossos d’Esquadra, y restando importancia al supuesto aviso de un policía belga a un policía autonómico sobre la peligrosidad del imán de Ripoll. A consecuencia de tales prolegómenos, la manifestación de ayer, celebrada con aparatosas y explicables medidas de seguridad, estuvo cargada de tensión. Hubo abucheos orquestados a las autoridades estatales que acudieron a la marcha -al Rey se le afeó su supuesta amistad con las monarquías del Golfo- y la recomendación de la Asamblea Nacional de Cataluña de lucir banderas esteladas, convalidada por ERC, tuvo eco a pesar de que Ada Colau había pedido que prevaleciese el lema ‘No tenim por’ y que no hubiese enseñas. Y era manifiesto que, pese a que el foco de atención estaba evidentemente en las autoridades y en sus relaciones entre ellas, la inmensa mayoría de los asistentes -unos 500.000, según la policía municipal- se limitaba a manifestar cívicamente su repulsa al terrorismo, su adhesión a la paz y a las libertades. El parlamento de Rosa María Sardá y Miriam Hatibi fue un hermoso alarde de frescura e idealismo en medio de la tragedia y la politización. ‘El cant dels ocells’, tema popularizado por Pau Casals, llenó de poesía la memoria de las víctimas. Se ha echado en falta esta vez la lealtad institucional que, en ocasiones como esta, hizo acto de presencia cuando hubo que llorar los atentados de ETA, y el tiempo dirá si los intentos de manipular los hechos para favorecer el independentismo -parece que los más audaces soberanistas ya aceptan con descaro que el fin justifica los medios- les genera adhesiones o intensifica el cansancio de una sociedad exhausta de proclamas rupturistas y de apelaciones a la desunión. La presencia del jefe del Estado, que ha querido expresar inequívocamente que su institución está al frente de la repulsa contra el terror ciego y fanático que quiere destruir nuestra forma de vida, ha sido plenamente oportuna, como garantía solemne de que todas las fuerzas del Estado de derecho se opondrán al intento terrorista de destruirnos y también a la osadía de quienes pretendan romper un contrato social muy fecundo y elaborado con gran esfuerzo. Los terroristas tendrán enfrente toda la fuerza de la razón y la voluntad de una nación moderna que no se dejará intimidar. Y si alguno cree que esta dramática dentellada del terror sobre el cuerpo de Cataluña favorece la consumación de su delirio, se equivoca por completo. Los propios catalanes, que fueron artífices laboriosos y valientes de aquel gran consenso constitucional, se merecen que el Estado les defienda de las veleidades de quienes esgrimen intereses de parte, y no muy claros, frente al interés general.

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