Frac amarillo

La pregonera y la txupinera anuncian la inminencia de la Semana Grande

PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

Una de las cosas mejores que tiene la Semana Grande es su libérrima ortodoxia. Las fiestas de Bilbao se atienen a un corpus de tradiciones escasamente estrictas, exigen muy pocas obediencias y acuñan una simbología más bien medio de chufla. Marijaia, sin ir más lejos. No habrá bilbaíno que no sienta simpatía por el muñecazo estridente, pero tampoco lo habrá dispuesto a tatuarse su silueta o emocionarse hasta las lágrimas en su presencia. Pues así todo. Tranquilamente. Los padres fundadores inocularon en la Semana Grande una feliz brisilla libertaria que todavía resiste la erosión de los agentes corrosivos. El tiempo. El éxito. La solemnidad.

En el canon de las fiestas no hay apenas desfase que no disponga de una justificación teórica. También eso dice mucho de los padres fundadores, una gente capaz de argumentar con solvencia historiográfica la necesidad de instaurar el descenso nudista en goitibera por Iturribide. Entre mis erudiciones festivas favoritas, la que atestigua que el uniforme del pregonero (bicornio emplumado, frac amarillo, guantes, gerriko, un katxi de algo fuerte...) se inspira en el atuendo de las milicias liberales que defendieron Bilbao de los asedios carlistas. Reconozco que nunca me he atrevido a comprobarlo. Es que no quiero que no sea verdad. Es tan bonito. Sería la bilbainada del siglo. Del siglo XIX. Me refiero a esos liberales autóctonos organizándose: «¿Francotiradores enemigos? Vamos a vestirnos todos de amarillo».

Ayer la pregonera y la txupinera de las fiestas de este año fueron presentadas oficialmente en el Ayuntamiento. Ambas lucieron por primera vez los trajes que vestirán durante la Semana Grande. Nati Ovelleiro, la pregonera, con su uniforme de archicontramaestre tropical, sombrero napoleónico incluido; Ane Ortiz Ballesteros, la txupinera, con el más discreto uniforme de ‘beefeater’ municipal, pero sin lanza. Si algún testigo desinformado las vio entrar en el Ayuntamiento, pensaría que el alcalde recibía a la delegación consular de un país que ha perdido definitivamente, y de un modo espectacular, la guerra contra las drogas. Sin embargo, no era nada de eso. Era solo que faltan ocho días. Y que el sinsentido comienza a tener en Bilbao plena justificación. El que se viste muy raro, en el fondo, es Santa Claus.

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