De fortalezas y debilidades

Puigdemont querría hacer lo que no puede y a Rajoy no le gusta tener que hacer lo que puede

José Luis Zubizarreta
JOSÉ LUIS ZUBIZARRETA

El president Puigdemont respondió ayer en segunda instancia a la pregunta que el presidente Rajoy le requirió que contestara en primera, a saber, si el pasado 10 de octubre se había o no declarado la independencia de Cataluña. Y, aunque tardía y desfasada, su respuesta fue clara. Pues si bien no contesta con el simple sí o no que solicitaba el Gobierno, supera el umbral de claridad exigible. Pero, dicho esto, también hay que añadir que, al ser en segunda instancia, se esperaba que contestara el otro requerimiento que se le hacía de «restituir el orden constitucional alterado». Y esto no lo hace en absoluto. Señala, más bien, que «el Parlament de Cataluña podrá proceder, si lo estima oportuno, a votar la declaración formal de la independencia que no votó el día 10 de octubre».

El Gobierno no se da por satisfecho y apela, para justificar su insatisfacción, a la segunda solicitud de su requerimiento. Ocurre, sin embargo, que ésta sólo había de satisfacerse de manera condicionada, es decir, si la primera no hubiere sido aclarada. El desfase resulta estar, por tanto, también en la respuesta del Gobierno. Y es que la activación del artículo 155 de la Constitución que ahora se anuncia debería haberse efectuado en su caso, no tras la contestación del president, sino después de las sesiones parlamentarias del 6 y 7 de septiembre, en las que se produjo el acto formal del que todo este despropósito trae causa. Fue entonces, en efecto, y no en la sesión del 10 de octubre, cuando se alteró el orden constitucional que ahora se exige restituir.

Este juego epistolar de desfases y ambigüedades responde en última instancia a la asimetría en la relación de voluntades y fuerzas que se da entre las dos partes del conflicto. El president Puigdemont querría hacer lo que no puede, mientras que al presidente Rajoy no le gusta tener que hacer lo que puede. Empezando por el primero, resulta a estas alturas más que claro que el proceso independentista en que aquél se ha embarcado no puede arribar a buen puerto. No cuenta con el suficiente apoyo popular, tal y como se ha revelado, además de en las sucesivas elecciones, en las manifestaciones en contra de la independencia que se han producido estos últimos días. Ha recibido el no rotundo de todas las instancias internacionales que importan y, muy en particular, el de los países de la Unión Europea. Y, por fin, está revelándose desastroso para aquello que prometía ser de máximo provecho: la economía y el bienestar.

Al presidente Rajoy, por el contrario, le sobra fuerza para hacer lo que, sin embargo, no quiere. Tiene toda la del Estado, que ahora culmina en la posibilidad de aplicar la que le otorga el artículo 155 de la Constitución. Pero sabe, a la vez, que esa fuerza adicional, por ser precisamente tan amplia como indeterminada, puede, de aplicarse, derivar en un remedio que agrave la enfermedad. De entrada, y llegados al punto en que nos encontramos, chocaría con unas resistencias políticas y sociales difíciles de controlar, hasta el punto de que, además de la ruptura irreversible, podrían causar el debilitamiento irremediable de la imagen interna y externa de quien se atreva a emplearla. Sin citar el extremo más indeseable al que estúpidamente se ha referido en un par de ocasiones la ministra de Defensa y que prefiero ni siquiera mencionar.

Estando, pues, las cosas como están y conociéndose la fortaleza y debilidad de las partes, quizá fuera mejor mantener las espadas en alto y templar gaitas mientras los agitadores no pasen de la baladronada en que de momento están. Al fin y al cabo, al fuerte le toca soportar las impertinencias del débil y sacar de su aguante ventaja. En todo caso, lo que se haga, hágase con suma cautela y proporción.

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