Fórmulas inexactas

Quizá conviene matizar el alcance de los eslóganes

PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

Uno de los mejores modos de no decir gran cosa consiste en no dejar de hablar. Sometidos como están a un régimen verborreico, los políticos tienden a demostrarlo. No siempre es culpa suya. Llegan a causar ternura esos líderes de mayor o menor alcance que, viéndose rodeados de micrófonos y no disponiendo de nada relevante que decir sobre el asunto requerido, se aferran a un infinitivo que es puro estrago: «Repetir que…»

La otra opción es improvisar. Y a veces produce monstruos. Le pasó ayer a Gorka Urtaran, que no pudo resistirse a mandar un «mensaje muy claro». Lo hizo tras participar en una concentración de repulsa por la agresión sexual que el domingo denunció una joven en Vitoria y con vistas a las fiestas de La Blanca. «Si hay alguna persona que quiere venir a nuestra ciudad a entender que las relaciones no se basan en el respeto a los derechos de las mujeres, de los hombres o del colectivo LGTBI», dijo el alcalde. «Es mejor que se quede en su casa».

Como suele pasar en estos casos, a Urtaran se le entendió lo que quiso decir, sin tenerle en cuenta lo que dijo. Porque lo que dijo es en puridad bastante absurdo. Uno: a las fiestas de los sitios la gente no va tras reflexionar sobre en qué se basan las relaciones. Dos: las advertencias a los forajidos que vienen de fuera quedan cuando menos raras si quien habla no es el alcalde de un poblado del Far West. Tres: Por desgracia, el voluntarismo municipal no consigue alterar lo existente, que es con frecuencia un vertedero.

Durante las fiestas de Bilbao del año pasado, el alcalde Aburto presentó una campaña contra las agresiones y dijo algo parecido a lo de Urtaran, pero señalando su solapa: «Que todas las personas vean bien este pin, porque no queremos ataques en nuestra ciudad; ni uno solo. En Bilbao no hay sitio para agresiones contra las mujeres». Como si saltase un resorte trágico, esa misma madrugada una menor denunció una violación en la zona del parque Europa.

Resulta extraño que las autoridades emitan mensajes para los que en realidad no existe receptor y que se justifican solo por el sobrentendido. Ojalá tenga que ver con esa necesidad constante de hacer declaraciones y no con algo más preocupante: la percepción más o menos consciente de que los eslóganes intervienen sobre la realidad como fórmulas mágicas.

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