LA FIESTA Y SU MAGIA

A ver si a fuerza de eliminar actos tradicionales de nuestras fiestas, por considerarlos políticamente incorrectos, lo que vamos a conseguir es eliminar su alma y de esa forma convertir el tiempo extraordinario en un tiempo ordinario, cotidiano, es decir, carente de magia

JESÚS PRIETO MENDAZA

El antropólogo Honorio Velasco define fiesta como «un complejo contexto en el que tiene lugar una fuerte interacción social, y junto a un conjunto de actividades y de rituales además de una profusa trasmisión de mensajes, algunos trascendentes y otros no tanto, y un desempeño de roles peculiares que no se ejercen en ningún otro momento de la vida comunitaria, envuelta toda ella con una carga afectiva y emocional, de forma que las gentes recrean un ambiente inconfundible y mágico».

Ciertamente toda fiesta presenta características comunes como pueden ser su carácter ritual y repetitivo, pero ninguna fiesta, repito ninguna, puede considerarse como tal si no consideramos su esencia mágica. El tiempo normal, el tiempo cotidiano, se rompe con la intención de gozar de un tiempo extraordinario, diferente, rompedor y que resulta atractivo, precisamente, por la magia que lo envuelve. Julio Caro Baroja cuando escudriña los rituales del "Paso del fuego" o "Las mondidas" en San Pedro Manrique, no estudia tan sólo sus orígenes paganos celtíberos o los posibles restos de la abolición del Tributo de las Cien Doncellas. No, observa también que si esa pequeña localidad soriana se ve desbordada por la afluencia de visitantes en sus fiestas lo es porque el fuego, los pasadores sobre las brasas y la presencia de las "mondidas" recrean un espacio y un tiempo mágicos. Así las fiestas de San Fermín en Pamplona perderían su esencia si eliminamos la magia que se concita en torno al toro, a los encierros, a la alegría de las peñas en el coso propiedad de la Casa de Misericordia. Las fiestas de San Antolín en Lekeitio concitan a participantes y público alrededor del ritual de los gansos; sean estos muertos o artificiales, el Antzar Eguna en el marco del puerto representa el tiempo mágico de esta villa marinera. Nada sería de la fiesta en Sevilla sin la magia de su feria, sin las luces, sin las casetas, sin el cante o las sevillanas hasta bien entrada "la madrugá". Valencia perdería todo atractivo festivo si eliminamos la magia de las fallas, la pólvora y el fuego que las consume en su final. Las fiestas de San Miguel en Lleida no resultarían atractivas sin la participación de las "collas castelleras" y sin que los castellers se jugaran su integridad física para ascender hacia el cielo confiados en que la "pinya" amortiguará su posible caída. ¡He ahí su magia!

Fuerza ritual

Pues bien, las fiestas de Vitoria en honor de la Virgen Blanca que he vivido desde niño también tenían su magia, y ella giraba en torno a varios actos de gran fuerza ritual que han permanecido hasta nuestros días y que, sin que el orden deba ser éste, yo agrupo en tres. El primero lo representa el personaje mítico de Celedón, llamando a la ciudadanía a la fiesta entre el humo de habanos y cigarros (el fuego como elemento purificador) que ascendiendo hasta el cielo causaba asombro entre los visitantes.

El segundo forma parte de la imbricación entre fiesta y expresión religiosa (entendiendo ésta no sólo como manifestación de creencias sino también como elemento cultural), incluyendo en este apartado las ofrendas y aurreskus bailados ante la hornacina de nuestra patrona (elemento que aglutina la centralidad de la fiesta), la ronda de los "auroros", las solemnes "vísperas", la Procesión de los Faroles al anochecer y el Rosario de la Aurora a través del Casco Medieval en el día grande de las fiestas.

Y el tercero, sin ningún género de dudas no menos importante, lo ha representado la alegría desbordante de las cuadrillas de blusas y neskas, sus cantos, su jarana contagiosa y su "ida y venida a los toros", conocida popularmente como paseíllo. Ese desfile en el que la exibición, el exceso y la crítica social, encarnada en canciones y pancartas, ha resultado durante décadas atractivo para la ciudadanía vitoriana que acudía mayoritariamente sobre las cinco de la tarde (un horario ligado fundamentalmente a la corrida de toros) para ver pasar a las distintas cuadrillas, precedidas durante muchos años por las "mulillas" que actuarían en los toros, y observar las cazuelas portadas por los blusas con las distintas meriendas preparadas para ser consumidas en el coso taurino, lugar en el que seguiría la representación de las distintas cuadrillas con momentos de "efervescencia" como el que representaba la inolvidable canción "El Rey" tocada por las fanfarres y bailada por blusas, neskas y público. El paseíllo de vuelta suponía observar la misma actuación, una forma de teatralización de la vida social, sabiendo que aquellos personajes un tanto gamberretes volvían de ese espacio mágico, tan bien definido por Rabelais, que había significado el anfiteatro de la fiesta taurina.

Paseíllo sin referencia

En este momento, ese último lugar mágico no existe, y este año las cuadrillas de blusas acuden en "kalejira" a la Plaza del Renacimiento, un espacio urbano de la ciudad carente de la representación simbólica que la fiesta exige, y vuelven de él, pero sin estar bendecidas por un espacio ritual, sino por un espacio cotidiano. Esta opinión no será compartida por muchos ciudadanos y ciudadanas de esta ciudad, pero yo creo que se está perdiendo este elemento distintivo de nuestras fiestas, y con ello parte de su magia, y sin magia la fiesta pierde su sentido último: su poder de atracción. Nuestro paseíllo no es lo que era, y en los últimos años he observado con gran preocupación la pérdida de público en aceras y balcones; así desde la esquina de Dato con Florida hasta la Plaza de Toros la gente congregada no suponía la aglomeración de tiempos pretéritos. Se está buscando con denuedo un sustituto a los toros, pero no se está acertando, quizás porque no haya otro. No sé yo si un "Gran Prix", "Pupu eta Lore", "Los Xarivari Blues" o los juegos de pelota en el espacio del Iradier Arena pueden encerrar la magia necesaria y convertirse así en la imprescindible liturgia de la fiesta que bendiga la actuación de blusas y neskas en esta nueva "kalejira". Me van a permitir dudarlo. Es evidente que existen otros muchos elementos en juego: los paseíllos son, para el público, extraordinariamente lentos; las cuadrillas cada vez utilizan menos elementos de parodia, artefactos extraños, representaciones cómicas; la sistemática inclusión de elementos político-ideológicos en la simbología de algunas cuadrillas genera malestar en sectores de la ciudadanía; la división y clima de enfrentamiento generados entre cuadrillas, etc. deben ser también elementos para una reflexión profunda.

A ver si a fuerza de eliminar actos tradicionales de nuestras fiestas, por considerarlos políticamente incorrectos, lo que vamos a conseguir es eliminar su alma y de esa forma convertir el tiempo extraordinario en un tiempo ordinario, cotidiano, habitual… Es decir, carente de magia.

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