Fandiño, el pundonor

Para Iván cada minuto era precioso, como cada mañana que se desplazaba a las fincas buscando el compás de la embestida en las vacas bravas

Andrés Duque Alfonso
ANDRÉS DUQUE ALFONSO

Inmerso en el misterioso mundo de la independencia, paseaba solitario por los cafés de la calle Victoria de Madrid entre esos antiguos carteles de toros pegados a las paredes que propagaban el éxito de aquel novillero. Fotos de toreros en los bares, con dedicatoria o sin ella, que se veían por esa zona de la capital, mezcolanza de flamencos y artistas, de escritores, de picadores y banderilleros: la gente del bronce, como decía Valle Inclán, y que conectaba muy bien con su ideología liberal, como la de Domingo Dominguín, destacado taurino que se pegó un tiro en Guayaquil víctima del desamor y desengañado de la vida.

Para Iván cada minuto era precioso, como cada mañana que se desplazaba a las fincas de bravo en Salamanca, con el invierno enrejado de lluvias o salpicado de nieve, buscando el compás de la embestida en las vacas bravas con la esperanza de que metieran el hocico abajo con mucho son y mucha casta, como la suya. Recuerdo aquella mañana que al resguardo del frío buscamos juntos el aire más sereno en un rincón de sol invernal y luz limpia, como sin usar, esperando nuestro turno detrás del burladero para torear cuatro vacas lustrosas y de bella lámina. Unas saltaban con embestida larga y otras con recorrido más complicado que no mermaron su contento, porque pudo torear marcando derechazos, encelando las embestidas y corriendo la mano con la embriaguez del peligro. Este quería ser alguien. Y lo fue.

Después de pasar por Madrid, y arrastrado por el viento del Norte, tuvo la confusa sensación de no saber a dónde ir ni por qué razón los imprevistos le impedían ganarse un futuro ante el toro. Le daba por pensar que su existencia empezaba a ser algo así como una singladura sin rumbo, una aventura en la que se había embarcado sin fijar un destino.

A Iván le parecía que el tren no iba a llegar nunca, el trayecto se demoraba. Era muy temprano cuando el viajero se acomodaba en uno de los bancos de la estación con su reducida impedimenta más los trastos de torear: muleta y capote envueltos en un hatillo. Y por fin, con la mañana naciendo, llegó a Sanlúcar de Barrameda. Comenzó a despuntar un rayo de sol de reflejos cobrizos, y al torero del Norte le pareció viajar a un lejano y poderoso principado oriental. Allí se mezclaría con un hervidero de profesionales capaces de inocularle conceptos, experiencias, formas y maneras de asociarse con el toro para poder torearlo cuando apareciese su embestida. Se forjó en el oficio, y percibió el calor amoroso de aquellas gentes de ilusiones entrelazadas que vieron cómo aquel chico venido del Norte podía aplicarse a sí mismo una disciplina draconiana en los entrenamientos. Su figura se estilizó.

Su educación taurómaca itinerante y la capacidad de adaptación que había tenido que desarrollar en solitario convirtieron al muchacho vasco en un hombre de mundo, de ese mundo. Y se encontró con otro igual de romántico y libre que él, que desde ese día le acompañaría para siempre. Anduvieron un rato sin hablar por una calle de Guadalajara, después Néstor dispuso de razones poderosas y se confesó liberal e independiente como forma de vida, pero no como religión, ni tampoco como obligación que otro pueda imponerte como quien se mete en el ejército. No, Néstor gustaba de vivir libre y defendía que la independencia es inherente como necesidad del corazón, porque un hombre ha de hacer lo que le gusta. Juntos emprendieron el camino. Y lo emprendieron con honra ejemplar.

Y con valentía recorrieron pueblos y ciudades del entorno para enfrascarse en el aprendizaje de las capeas que requieren una carga grande de pundonor para aguantar gañafones sin mirarse, sin respingos ni aspavientos, al consentir las embestidas inciertas de ganado viejo y con resuello, con mucha cornamenta y tan resabiado como peligroso. Y reconocida su valía desde la plaza de Las Ventas de Madrid, comenzó a acaparar triunfos en todas las ferias de Francia, de América, del mundo. Triunfaron al lado de todas las figuras. Ya lo tenían en la mano. Juntos hasta el final.

Y ocurrió en Francia una tarde de calor ardiente. Fue como un chasquido seco en las entrañas que aún perdura. Para los aficionados ya no será lo mismo. Cayetana y Mara se enjugarán las lágrimas cuando se asomen a la ventana de su casa en Guadalajara, o querrán volver con la otra familia de Ecuador. A Néstor se le difuminó un camino que, seguramente, nunca más querrá recorrer con otro.

Un silencio preternatural cayó sobre el cielo de Orduña, y en las gentes hubo una sensación de opresión, de pena muy grande, y hasta los gorriones que revoloteaban buscando la dormida, piando nerviosos bajo los arcos de la plaza del pueblo, callaron. Tres cigüeñas en son de paz planeaban lentamente por el cielo. Se sumaron a la despedida dirigiendo su vuelo hacia el monte Txarlazo para dejar un mensaje a la Virgen de La Antigua: «Al ‘Niño de La Antigua’ lo ha matado un toro en Francia».

Se echará de menos aquel corazón valiente a espuertas reconocido en su despedida, tan emocional y multitudinaria como fuera, en otra época, la de Manolete. En Vista Alegre no lo olvidarán, nunca.

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