Facturas y fracturas catalanas

El tiempo a venir está cargado en Cataluña de una previsible y desazonadora irresponsabilidad. Pero hemos de intentar plantear todos los problemas con oficio

Facturas y fracturas catalanas
Miguel Escudero
MIGUEL ESCUDERO

Ciutadans -partido que emergió hace once años en Barcelona por encima de una ideología concreta- ha sido el claro ganador de las elecciones autonómicas del 21-D. Más de un millón de votos y 36 escaños. Esta victoria es histórica y asombrosa, pues nunca un partido abiertamente opuesto al dogma nacionalista había triunfado en Cataluña. Aun así, su éxito no es suficiente para formar un Gobierno constitucionalista. El PP se ha hundido estrepitosamente (cuatro escaños) y el PSC apenas ha avanzado, a pesar de apostar por mayorías sociales amplias y haber incorporado en sus listas a dirigentes democristianos, como Espadaler, quien fuera conseller en dos ocasiones, con Pujol y con Mas. Por tanto, los denominados partidos constitucionalistas han contabilizado 57 escaños. No se puede incluir en ellos los ocho que han obtenido las huestes de Ada Colau y Pablo Iglesias.

Es imposible soslayar la importancia de la ley electoral. Cataluña es la única de las comunidades autónomas que componen el Reino de España que se rige por la misma ley electoral que el conjunto español, la ley D’Hondt. No la han querido cambiar. No les interesa. La mayoritaria Cataluña urbana sale perjudicada y cuenta menos que la minoritaria, aunque extensa, Cataluña rural. Es otro ‘hecho diferencial’ a destacar.

Las listas de Junqueras y Puigdemont, que hace dos años fueron juntas, han sumado 66 escaños y para tener mayoría absoluta en el Parlament necesitarían otros dos votos. Ahí están los 4 de la CUP, partido ultra que ha perdido seis escaños y que había anunciado que no se presentaría a las elecciones convocadas por Rajoy. Una formación que proclama que «sin desobediencia no hay independencia» y que las urnas y las calles siempre serán suyas, y en eso está. En 2015, las agrupaciones declaradamente separatistas sumaron dos escaños más que ahora. Los extremos recelos entre estos políticos separatistas les han impedido presentar esta vez un programa común. En la noche electoral, se expresaron cual ‘hooligans’ a grito pelado para proclamar que la república había ganado y derrotado a la ‘monarquía del 155’ y que Rajoy era el gran perdedor; este hombre tiene un singular magnetismo para que todos sus adversarios tengan enorme interés en citarlo un día sí y otro también. Es, pues, evidente que Cataluña sigue encerrada en su peculiar dédalo político. ¿Se podrá acabar saliendo de este endiablado laberinto?

ERC tiene a Junqueras encarcelado y a Comín prófugo. La antigua Convergència tiene a Puigdemont prófugo y a Jordi Sànchez encarcelado. Son cuatro escaños indecisos, y cabe prever que antes de un año otros catorce electos (7 de ERC y 7 del PDeCAT) serán juzgados e inhabilitados por delitos ya denunciados. Entiendo que Inés Arrimadas haya declinado intentar formar un gobierno imposible y deje la papeleta al siguiente. No puede ni debe hacer otra cosa.

El siguiente es Puigdemont, quien ha logrado superar a la lista de Junqueras (la favorita indiscutible desde hace mucho tiempo) en unos 12.000 votos y en dos escaños. Puigdemont se fugó y no dio la cara como Junqueras, y esto le ha dado rédito. En efecto, estamos ante un cuadro surrealista. El exalcalde de Girona y elegido por la CUP para sustituir a Mas ha hecho lo que ha querido en su lista electoral, y su guardia pretoriana se ha impuesto sobre el partido que su patrón deshizo.

Todos los ciudadanos catalanes estamos sometidos, siempre unos más que otros, a un fuerte estrés emocional. Hay ganas de perderse en un lugar tranquilo, y en Bruselas tenemos a Puigdemont, sonriente y jactancioso de su poquedad y su delirio; atrayendo los focos de los medios de comunicación -siempre con pocas luces- y desafiando a la Unión Europea cual un orate.

El tiempo a venir está cargado en Cataluña de una previsible y desazonadora irresponsabilidad. Sin embargo, hemos de intentar plantear todos los problemas con oficio, hay que comprenderlos desapasionadamente. Y veo poca gente por la labor. En primer lugar, quien pretenda gobernar deberá apartarse de la idea de insurrección y no tomar decisiones unilaterales para las que tampoco tienen competencias. En cualquier caso, como ha señalado hace poco Savater, con los separatistas -a diferencia de los nacionalistas, que tienen un nivel superior- no hay otro arreglo que obligarles a renunciar a sus propósitos.

Al aplicarse el artículo 155 se dejó intacta la estructura comunicativa profunda y largamente tóxica de la televisión y radio públicas catalanas. Estas transmiten un indudable sectarismo con el que es imposible entenderse. Son imprescindibles veracidad y respeto personal: escuchar, no atropellar la palabra ajena, no fanatizar. Gide, que fue ferviente partidario de la URSS, la visitó en 1936 y acabó por sentirse responsable de arrastrar al error a otras personas con su propaganda, así que denunció que allá no pudiera haber más de una opinión sin ser tachado de ‘enemigo y traidor’.

De todo se debería pasar factura, también desde el sistema educativo, y con mayor motivo de las fracturas sociales que se ocasionan y promueven con odiosas mentiras. A propósito de Cataluña, un amigo mío ha escrito en su twitter: «Y, en medio de tanta oscuridad, una luz», y ha adjuntado una foto. Creo que acierta.

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