Facebook, en evidencia

EDITORIAL

La masiva filtración de datos personales y su uso político pone contra las cuerdas a la red social

Facebook, en evidencia
ELCORREO.COM

La fuga de datos personales de 50 millones de usuarios de Facebook y su utilización para orientar campañas de opinión pública con intencionalidad política ha desatado una lógica inquietud en todo el planeta y puesto contra las cuerdas a la red social, cuya credibilidad ya estaba muy comprometida. Es incomprensible que un investigador de la Universidad de Cambridge tuviera acceso a ese material para su uso académico, con autorización de la propia multinacional, y que al final acabara en manos de una consultora, que lo habría empleado de forma irregular en la campaña que llevó a Donald Trump a la Casa Blanca. Este escándalo y las anomalías que habrían inclinado el parecer de los británicos a favor del ‘Brexit’ extienden las sospechas sobre el comportamiento de Facebook, una vez constatada su vulnerabilidad.

La pregunta inmediata es cuándo fueron conscientes los máximos responsables de la compañía de que se había producido una fuga consentida o negligente de la información de que disponía, qué medidas adoptaron para limitar los perjuicios que ello representaba y qué otras iniciativas han puesto en marcha para evitar males semejantes. El cese de su responsable de seguridad, Alex Stamos, al parecer a causa de sus discrepancias sobre la opacidad con que la empresa quería tratar estos asuntos, refleja una disposición más que negativa a la verdad. La transparencia exigible al gigante tecnológico fundado por Mark Zuckerberg interpela directamente a las instituciones afectadas. Washington, Londres y Bruselas no pueden contentarse con expresar preocupación o indignación, anunciar que el caso será investigado y citar a Zuckerberg para que comparezca ante una comisión parlamentaria. Es necesario descubrir cuál ha sido el alcance de la fuga o apropiación ilícita de información disponible en Facebook. Es imprescindible identificar los riesgos que las redes sociales entrañan. Y es obligado adoptar cuantas resoluciones legales y protocolos sean precisos para minimizarlos. Ni el amplio campo que las tecnologías de la información brindan a la realización de la libertad puede emplearse, precisamente, contra la libertad; ni el uso espurio de las redes sociales puede aprovecharse del entreguismo fatalista con que muchos usuarios están dispuestos a soportar asaltos a la privacidad y acciones de manipulación como si formaran parte del juego.

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