¿Estado opresor o Estado fallido?

Ya va siendo hora de que cuidemos el lenguaje y evitemos esa clase de hipérboles que se han vuelto de uso cotidiano

Iñaki Ezkerra
IÑAKI EZKERRA

Estado opresor y represor o Estado fallido y rendido? ¿En qué quedamos? Son las dos lecturas que se están haciendo del culebrón catalán desde el agonismo político al que hay en este país un buen número de aficionados. La primera de ellas es la que hacen el radicalizado nacionalismo catalán y la extrema izquierda (tanto la populista de Podemos como la de arte y ensayo de IU), que le siguen el juego a ese nacionalismo para rascarle votos y desestabilizar más la vida nacional. La segunda de esas dos lecturas es la que hace la extrema derecha a la que se ha aliado lo que podríamos llamar el ‘populismo constitucionalista’, que también lo hay, por desgracia, y que es una degeneración necrótica del Movimiento Cívico que en su día se enfrentó con dignidad a ETA, al nacionalismo de los Lizarras y a la negociación de Zapatero. En este último se dan cita todos los zombies del antimarianismo que, con tal de enredar, se apuntan a lo que sea: al nacional-catolicismo de Vox y al laicismo táctico-descafeinado de la UPyD difunta.

Lo paradójico y a la vez inevitable es que los extremos se tocan y los dos discursos confluyen en la descalificación no ya del Gobierno sino del Estado, pues es al propio Estado al que nombran y señalan ambos directamente, incurriendo, así, en una misma confusión que, en los secesionistas y sus aliados, tiene un premeditado alcance semántico (de lo que tratan es de socavar la legalidad constitucional identificándola con el PP y con la dictadura franquista) mientras en los alarmados apocalípticos ante el 1-O es una simple y temeraria licencia retórica nacida, en el mejor de los casos, de la inquietud justificada y, en el caso peor, de la voluntad de magnificar su agorera crítica al Ejecutivo de Rajoy en el momento menos oportuno: cuando el Estado democrático de Derecho necesita reafirmarse en Cataluña y cuando lo está haciendo aunque sea con retraso.

No. Ni estamos ante un Estado opresor ni ante un Estado fallido. Ya va siendo hora de que cuidemos el lenguaje y de que evitemos esa clase de hipérboles incendiarias que se han acabado volviendo de uso cotidiano en el afán de algunos de reforzar sus opiniones. Detrás de esa manera de hablar lo que hay muchas veces, paradójicamente, es la tácita convicción de que el Estado español es irrompible y lo resiste todo, incluidas las licencias literarias que lo denigran; una suerte de ‘punching ball’ al que se golpea gratis en los ratos libres. Uno de repente se topa en la prensa más conservadora con titulares como «Fulanito descenderá en su programa televisivo a las cloacas del Estado». Se ha aceptado esa expresión -«las cloacas del Estado»- como una moneda de uso corriente. Y no es que uno niegue que el Estado tenga cloacas. Las tiene, como las tiene toda organización humana: la institución médica, el deporte, el clero, la industria farmacéutica, el periodismo…

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