El Estado de Derecho frente al yihadismo

El éxito de la lucha contra el terrorismo islámico exige combatir ideologías como el salafismo o el wahabismo, así como denunciar y actuar contra los estados que las difunden

JAVIER TAJADURA TEJADA

Los terroristas que la semana pasada actuaron en Barcelona y Cambrils -como los que en los últimos años han golpeado en Niza, París, Londres, Berlín u otras ciudades europeas- perseguían dos objetivos. Por un lado, aterrorizar a la población, infundir en la ciudadanía un miedo paralizante y un temor tal que le llevara a modificar, aunque fuera en un grado menor, sus pautas de comportamiento. Por otro, desestabilizar el sistema social y político, provocando una reacción de los poderes públicos que quebrase el delicado equilibrio entre libertad y seguridad que caracteriza al Estado de Derecho. Para lograr sus fines, los yihadistas escogieron como blanco de sus ataques, las Ramblas de Barcelona y el paseo marítimo de Cambrils, dos símbolos de todo lo que odian. Lugares abiertos y concurridos donde ciudadanos libres disfrutan de su libertad, se divierten, y con independencia de su raza, creencias o ideologías, conviven en paz en un clima de respeto y tolerancia mutua que, para una determinada interpretación rigorista del Islam (el salafismo), resulta inaceptable e intolerable. Ahora bien, aunque con su criminal acción los terroristas truncaron muchas vidas inocentes y provocaron dolor y sufrimiento, fracasaron por completo en sus objetivos.

En la multitudinaria concentración de repulsa de los atentados, el mensaje que la sociedad transmitió a los asesinos no pudo ser más claro: «No tenemos miedo». Y de la misma forma que ocurrió antes en otras ciudades, los escenarios de la barbarie yihadista recuperaron la normalidad, y los ciudadanos volvieron a las calles, terrazas y paseos. En consonancia con esa respuesta social mayoritaria, de rechazo al terror y de defensa de la sociedad libre y abierta, la reacción del Estado ha sido firme y eficaz. En pocas horas, cuatro terroristas fueron detenidos, cinco abatidos, y se puso en marcha una amplia operación para la completa desarticulación de la célula yihadista. Ayer mismo, el supuesto autor del atropello en Las Ramblas fue también abatido.

En este contexto, surge el interrogante de si el Estado de Derecho dispone ya de los instrumentos necesarios para hacer frente al yihadismo o si, por el contrario, es preciso dotarlo de nuevos medios. El atentado no puede hacernos olvidar que la seguridad absoluta no existe y que, tras la matanza de Atocha en 2004, España ha adoptado una serie de medidas que han facilitado la detención de más de 700 yihadistas (en 220 operaciones policiales) y evitado numerosos atentados. Entre ellos cabe señalar uno en el metro de Barcelona que hubiera provocado decenas de muertos. En tres campos se han llevado a cabo avances notables, pero existe todavía un flanco en el que es preciso actuar con más contundencia: el apoyo exterior y la financiación del terrorismo y de las ideologías que lo justifican y sostienen.

En primer lugar, el número de los agentes especializados en la lucha antiyihadista ha pasado del centenar disponible en 2004, a los 3.000 de la actualidad. 3.000 miembros de las fuerzas de seguridad y de los servicios de inteligencia dedicados a buscar, identificar, escuchar, perseguir y detener yihadistas. Nuestros policías son admirados por los demás cuerpos europeos por el elevado número de operaciones realizadas con éxito. El sistema de ‘alerta ultratemprana’ permite que la policía actúe en las primeras fases de la radicalización de los yihadistas y aunque, lamentablemente, en el atentado de la semana pasada, esta alerta no funcionó, sí lo ha hecho en otras muchas ocasiones. Y ello explica que en 13 años no hayamos sufrido ataques islamistas.

El segundo campo en que hemos fortalecido el Estado de Derecho ha sido el penal. El Código Penal fue modificado para tipificar como conductas delictivas la captación y el adoctrinamiento terrorista, la realización de prácticas de entrenamiento, o la difusión en Internet de cualquier tipo de mensaje favorable al yihadismo. Estas reformas han permitido detener y condenar a quienes sin cometer atentados, habían recibido entrenamiento y se preparaban para ello.

El tercer terreno en el que se ha avanzado mucho es en el de la colaboración internacional entre los diversos sistemas de inteligencia para compartir toda la información posible. Esta cooperación entre los servicios de inteligencia (europeos y de países aliados) es vital para el éxito de la lucha antiyihadista.

A diferencia de los tres campos mencionados, la asignatura pendiente es el combate contra la ideología que sostiene el terrorismo y contra sus fuentes de financiación internacional. La inmensa mayoría de musulmanes repudia el terrorismo, pero existen determinadas corrientes del Islam, como son el salafismo o el wahabismo, que con su interpretación rigorista justifican ideológicamente la yihad o guerra santa, esto es, el terrorismo. Esas corrientes cuentan con púlpitos en numerosas mezquitas. En concreto, en Cataluña hay cerca de 80 mezquitas salafistas y fue precisamente el imán de una de ellas (la de Ripoll) el que radicalizó a los yihadistas que actuaron en Barcelona y Cambrils. El éxito de cualquier política antiyihadista exige combatir estas ideologías, así como denunciar y actuar contra los Estados que las difunden y financian, especialmente Arabia Saudí.

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