Estabilidad y continuismo

El Gobierno vasco PNV-PSE cumple un año sin sobresaltos en una convivencia que pondrá a prueba la reforma del Estatuto

Estabilidad y continuismo
EL CORREO

El Gobierno vasco de coalición entre el PNV y el PSE cumple su primer año de andadura sin grandes sobresaltos en su gestión ni apenas rasguños en la convivencia entre sus socios. En medio del terremoto político provocado por el desafío independentista catalán, la constatación de que Euskadi ha esquivado hasta ahora el peligro de un contagio y de que sus instituciones funcionan instaladas en la estabilidad es el resultado más esperanzador de este periodo. No cabía esperar de él, y no los ha habido, giros espectaculares en la actuación de un Ejecutivo con recursos económicos limitados y sujeto a un programa básicamente continuista respecto al primer mandato de Urkullu. Además, el acento socialcristiano que el PNV ha incorporado a su quehacer diario, y del que el lehendakari es su principal exponente, deja escaso margen para que la presencia del PSE en el Gabinete se visualice en un nítido viraje a la izquierda. Un viraje difícil de vender por los socialistas cuando ha sido el PP el aliado elegido para constituir la mayoría con la que aprobar la reforma fiscal y los Presupuestos de 2018. La pujanza de la economía y el favorable comportamiento del mercado laboral son argumentos en el haber del Gobierno vasco, que contrastan con la acumulación de graves problemas en empresas industriales emblemáticas. Uno de los principales éxitos de este año ha sido la actualización del Concierto y el Cupo. Ese acuerdo -fruto del pacto presupuestario entre PNV y PP en Madrid, que incluía también compromisos sobre la llegada del TAV a Euskadi- supone un indudable avance en el autogobierno. Pero es motivo de seria preocupación el ruido generado a su alrededor y el cuestionamiento del sistema de financiación del País Vasco por parte de algunas fuerzas políticas y barones autonómicos. La negociación de las transferencias pendientes 38 años después de la aprobación del Estatuto pondrá a prueba las relaciones entre Madrid y Vitoria. Y la definición de un nuevo estatus para Euskadi, las de los socios en el Ejecutivo. Dependerá de hasta dónde quiera tensar la cuerda el PNV en su demanda de un reconocimiento del derecho a decidir, la bilateralidad que exige en las relaciones con España y la definición de Euskadi como nación, y de qué aliados busque en su apuesta. La experiencia de Cataluña debería servir de lección.

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