Los españoles se merecen otro Estado

BRAULIO GÓMEZ

El debate territorial había permanecido ausente en la mayor parte de España desde el estallido de la gran crisis económica. Si observamos los principales problemas de la ciudadanía en Baleares, Andalucía, Galicia o Murcia, por ejemplo, no hay rastro de ninguna preocupación o malestar relacionado con la dimensión centro-periferia de competición política. Una foto parecida se podía hacer de la opinión pública vasca en los últimos cinco años. El conflicto político de Cataluña había movilizado a buena parte de la sociedad catalana, condicionando su agenda de preocupaciones, alterando la competición partidista y las posiciones en la dimensión territorial de los principales partidos catalanes.

Simultáneamente, la opinión pública del resto de las comunidades autónomas no incorporaba con intensidad en su agenda de preocupaciones las consecuencias del debate territorial abierto en Cataluña. Existía y existe una mayoría de catalanes pidiendo de manera sostenida en el tiempo la celebración de un referéndum legal y pactado para decidir su forma de relación favorita con España, incluida la independencia. Pero esta situación no había provocado la percepción de encontrarnos ante una crisis de estas dimensiones en el resto del Estado.

La desconexión de los ciudadanos de otras comunidades con el tema catalán ha terminado abruptamente las dos últimas semanas. La entrevista del domingo al president Puigdemont fue vista por tres millones y medio de ciudadanos, un 20% de share, una barbaridad. Fuera de Cataluña había más interés en esta entrevista que en la última edición de ‘Gran Hermano’. Los programas de máxima audiencia de todos los canales enfocados a la política están siendo monopolizados por todas las noticias que se están generando alrededor del 1-O.

Estas dos semanas pueden estar sirviendo para fijar una posición en la mayoría de los españoles sobre un tema que no percibían que estuviese afectando a su vida cotidiana ni a los problemas de la comunidad de la que formaban parte. Una dimensión política que no condicionaba su voto en la mayoría de los casos. En situaciones en las que las posiciones no están solidificadas o congeladas debido a la falta de interés en el tema, aumentan las probabilidades de que las diferentes ofertas políticas puedan variar o alterar las preferencias de la ciudadanía sobre ese tema. Y los argumentos que está dando el Gobierno del PP con su comportamiento bélico en horario prime time puede estar reorientando algunas posiciones hacia otro modelo de Estado que pueda ser más eficaz para gestionar las tensiones territoriales que de repente están estallando en sus vidas.

Precisamente por eso, porque todavía se está a tiempo, podría valer la pena desmontar las líneas rojas artificiales que el PP ha levantado en los últimos años contra los partidos independentistas. Se puede defender la unidad de España respondiendo políticamente a los problemas que plantean los dos únicos territorios cuyos ciudadanos muestran de forma mayoritaria su voluntad política de ser reconocidos como naciones. Incluidas las consecuencias políticas de ese reconocimiento político asimétrico. Incluida la posibilidad de desarrollar un referéndum legal y pactado en Cataluña y Euskadi. Esas líneas rojas que cerraban una alternativa al Gobierno del Partido Popular imposibilitan una solución a la crisis del Estado español. Por ahora, el PSOE es partidario de seguir la posición del PP. Como si hubieran ganado en el último congreso las posiciones que defendían Susana Díaz y el resto de los barones territoriales. Como si no fuera posible convencer a sus votantes que la unidad que le está pidiendo el PP puede llevar al hundimiento del Estado, independientemente de lo que ocurra el 1-O.

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