EL EQUILIBRIO

El alcalde responde las preguntas de los ciudadanos

PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

No es frecuente que un vecino aborde a su alcalde para transmitirle su inquietud por la antinomia entre el control democrático y el constitucionalismo clásico. Tampoco es habitual que un vecino pida una cita con su alcalde para exigirle respuestas ante las turbulencias que se intuyen en Melanesia. Lo que tiende a suceder es que el ciudadano pilla al alcalde y va al grano: «¿Usted sabe cómo vamos en el autobús número 13 a las ocho de la mañana?».

Del mismo modo, el ruido de los camiones de la basura, la iluminación de aquella plaza, el pavimento levantado en cierta esquina son la clase de asuntos que el ciudadano espera que su alcalde resuelva. Si después consigue duplicar la renta per cápita en la ciudad e impulsar el programa espacial municipal, pues también está bien. Pero que no se olvide de que los bancos nuevos del parque le destrozan los riñones a los jubilados.

La política municipal tiene algo de versión primordial de la política. Eso facilita algunas satisfacciones y al mismo tiempo desvela la tramoya del sistema. La gestión política es una dialéctica constante y compleja entre diferentes intereses que urge nivelar de un modo suficiente y funcional. Los resultados no son perfectos, pero pueden llegar a ser convenientes.

Ayer el alcalde Aburto respondió a las preguntas de los usuarios de El Correo Digital. La mayoría de esas cuestiones tuvieron que ver con el subgrupo de asuntos municipales que están a pie de calle y no solo en el plano metafórico: terrazas de bares ocupando la acera, bicicletas que no circulan por la calzada, músicos callejeros que torturan a los vecinos del Casco Viejo, chavales que hacen botellón, gente que no hace botellón pero hace ruido al salir del bar para fumar o volver a casa.

Aburto insistió en la idea del equilibrio y la responsabilidad personal. Los vecinos necesitan descansar y la ciudad necesita oferta nocturna, las bicicletas deben despejar las aceras y los peatones dejar libres los bidegorris… Parece todo una obviedad, pero encierra una evidencia que suele olvidarse. Del mismo modo que la labor del Ayuntamiento consiste en solucionar los problemas, la del ciudadano consiste en entender que en una sociedad avanzada y libre la realidad no es un paraíso utópico, sino algo aún mejor, por realista: una complejidad de confrontaciones que se gestionan.

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