Más empatía que simpatía

Ángel Resa
ÁNGEL RESA

Pocas cosas deberían de avergonzarnos más que faltar a la palabra entregada. Bien lo sabemos los padres cuando asistimos ruborizados a recriminaciones filiales por promesas que jamás bajaron al suelo. Puede aplicarse tal deslealtad a los compromisos públicos adquiridos con quienes huyen del horror. Cuando las costas mediterráneas apenas daban abasto para contabilizar náufragos, Europa anunció la acogida de 180.000 personas. Por un sistema de cupos a España le correspondía tutelar a 17.000. Y según los vasos comunicantes Euskadi habría de albergar a mil, de los cuales 150 recalarían en Álava. Vale, ni siquiera nuestro histórico territorio alcanza la cuota, pero de nuevo vuela alto en las clasificaciones solidarias.

Seguro que habrá sitios solariegos donde los beneficiarios se reirán más y anfitriones a los que se les llenará la boca masticando proclamas huecas. Pero a la hora de la verdad esta provincia vuelve a emerger sobre la superficie en cuestiones humanas. El terruño menos poblado del País Vasco absorbe casi todo el volumen de refugiados que los números asignaban a la comunidad. Y la desproporción, favorable a Álava en esta tabla de manos tendidas a los desesperados, aún resulta proporcionalmente mayor con respecto al Estado. Una vez más.

Es cierto que no hay sendas florales para quienes, aun agradecidos por la oportunidad de resetear sus vidas, recalan aquí. El idioma, las costumbres, la coraza social, nuestros castillos con almenas… Como también me cuesta intuir lugares más dispuestos desde las instituciones a encauzar existencias adversas que este territorio, quizá más empático que simpático. De lo que se trata cuando la vida enseña los incisivos que arrancan ilusiones a mordiscos.

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