El G-7 de todos contra uno

Protestas en Quebec por la cumbre del G7. /AFP
Protestas en Quebec por la cumbre del G7. / AFP
EDUARDO MOZO DE ROSALES

En este escenario se abre en Quebec la reunión del G-7 con la presencia de los líderes de EE UU, Canadá, Francia, Alemania, Reino Unido, Italia y Japón. Una reunión marcada por la tensión y el mensaje sugerido por Merkel de todos contra uno, lo que incluye a la ausente China, que no forma parte del grupo.

Cuando aún está reciente el malestar europeo por el desaire americano al no renovar el pacto nuclear con Irán, que ha provocado que grandes compañías europeas como Total, Siemens, Allianz, Maerks, y PSA trasladen dudas sobre la continuidad de sus negocios en ese país, Trump ha decidido atizar al comercio internacional, al activar contra sus aliados Europa, México y Canadá, unos aranceles al acero (25%) y aluminio (10%) que había anunciado ya en marzo, pero dejado en suspenso con el fin de abrir una negociación.

La nada despreciable oferta europea no ha servido para eludirlo de momento, aunque es probable que para atenuar la medida se hable pronto de cuotas de volumen exentas de arancel, lo que puede permitir a nuestras empresas mantener sus exportaciones.

Abre así un frente comercial contra sus aliados, que se preguntan, como en el anuncio de cierta compañía de seguros, ¿por qué yo? Sobre todo considerando que solo China supone casi el 70% del origen del déficit comercial americano y anuncia aranceles, con el primer disparo en el acero pero la mirada puesta en el automóvil, producto muy presente en su campaña y del que recuerda: sólo la mitad de los coches que compran sus electores americanos han sido producidos en EE UU.

La reacción europea, similar a la de México y Canadá, con medidas equivalentes de represalia en productos y geografías sensibles para el electorado republicano, parece sólida. Aun así, se atisba que Alemania pueda tender a proteger sus exportaciones, sobre todo de automóviles, mientras Francia tienda más a buscar adecuar la Organización Mundial de Comercio (OMC), con sede en París, a las nuevas exigencias.

Solo hay tres temas en la intensa agenda del presidente americano según sus allegados: China, Rusia y el terrorismo. Esto supone que Europa no está directamente en el foco, lo que probablemente nos deje fuera finalmente del cerco arancelario, aunque recuerdan que su estilo negociador es exigir cien para lograr cuatro, lo que supone tensar las relaciones internacionales, con todos los riesgos que ello supone. Busca atajar las lentas negociaciones internacionales, sentando a todos en la mesa y según su guión.

Lo cierto es que lidera una economía al alza, con la incógnita de si su reforma fiscal dejará un mayor déficit. Pero quizás esta vez se haya pasado de frenada porque, además de la renegociación del tratado Nafta, las retiradas de los tratados del Pacífico y París, el traslado de su embajada en Israel a Jerusalén y el abandono del pacto nuclear con Irán, abre este nuevo frente comercial con sus aliados. Al tiempo, renegocia las relaciones comerciales con China, discute con Corea del Norte sobre su desnuclearización y gestiona a la defensiva el cerco de la investigación federal sobre su relación con Rusia.

La imposibilidad de predecir el comportamiento de la Administración americana constituye hoy un comodín en la gestión que su presidente está haciendo de las relaciones internacionales, pero puede ir generando una erosión de la credibilidad de su país y acabar jugando en contra.

En cuanto a Europa, no parece que pueda mantener la vigencia del pacto con Irán, ni soportar financieramente a sus empresas para mantenerse en ese mercado, ni protegerlas de las sanciones americanas por operar en él. En cualquier caso, la consecuencia inmediata de la crisis iraní es la pérdida de la competitividad industrial europea por el aumento del precio del crudo, debido a la creciente dificultad del país persa para poner en el mercado su oferta de petróleo, cuyo mayor cliente es Europa, que carece de recursos energéticos propios. Finalmente, debe recordarse que la situación hace que algunos europeos miren más a Rusia y China, que se acerca más a Irán con la reapertura del ferrocarril de la seda.

El asunto es relevante por cuanto pone encima de la mesa una vez más la encrucijada europea, que el 'Brexit' ha puesto de manifiesto y la nueva situación geopolítica se empeña en mostrarnos.

En definitiva, Europa está ante la necesidad de decidir si apuesta por mantener una posición internacional propia, que Macron inspira con su visión pero no puede construir sin la fuerza de Merkel.

Ello exigirá asumir unidos negociaciones comerciales, así como pagar el coste de la defensa y, quizás también, aceptar la Europa de varias velocidades que permita ir construyendo una posición europea propia. Una Europa que acepte un Reino Unido a la noruega y que busque, quizás, sin renunciar a nada, abrirse a nuevas alianzas.

La irrupción de Trump en el escenario internacional rompe moldes y pone en riesgo la OMC tal como la conocemos. La cumbre de Quebec nos dará en unos días pistas sobre el futuro y sabremos si ha podido mostrar una posición unida de europeos y otros aliados contra el modus operandi del presidente americano y si éste puede manejar tantos frentes a la vez.

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