La economía del terror

Manfred Nolte
MANFRED NOLTE

La reciente masacre de autoría yihadista ocurrida en Cataluña renueva antiguas heridas emocionales en nuestro país y se convierte en un eslabón trágico de la cadena de atentados que hacen del terror y sus autores uno de los problemas más importantes de nuestros días. No se refieren estas líneas a sus causas ni a sus remedios sino a los costes económicos del terror político global.

Avancemos la información: el impacto económico global de los distintos tipos de criminalidad de naturaleza política alcanzó en 2015 la cifra de 90.000 millones de dólares, habiéndose multiplicado por once en los últimos quince años.

Distintos tipos, porque las estrategias del terrorismo no son idénticas. Es fácil entender que la incidencia será distinta en un escenario de guerra civil y violencia generalizada, comparada con aquellos otros escenarios alternativos definidos por atentados de baja frecuencia y alto impacto o alternativamente de alta frecuencia e impacto bajo pero sostenido.

La actividad terrorista en escenarios bélicos registra, según el Índice de Terrorismo global (ITG) de 2016 publicado por el Instituto para la Economía y la Paz, su mayor concentración en cinco países: Irak, Nigeria, Afganistán, Pakistán y Siria. En ellos, el terrorismo ‘bélico’ continuado lamina todo crecimiento económico y cualquier flujo comercial productivo. Los inversores cancelan sus operaciones programadas y desinvierten los capitales locales.

Distinta es la incidencia en aquellas latitudes geográficas azotadas por un terrorismo de impacto bajo pero de frecuencia sostenida. Varios estudios han evaluado el caso del terrorismo independentista vasco, durante el apogeo de ETA. Algunos autores concluyen que la banda pasó al País Vasco una factura de más del 10% del PIB desde finales de los 60 a mediados de los 90 del pasado siglo. Otros analistas han elevado dicho porcentaje hasta el 20%. Análogos resultados se estiman para Israel, Colombia o Turquía, que han convivido con lacras similares.

El tercer colectivo se refiere a los escenarios de baja frecuencia y alto impacto. Algunos ejemplos destacados son el 11-S de 2001 en Nueva York y Washington, el 11-M de 2004 en Madrid, o Londres en julio de 2005. En algunos de los casos se registró un efecto negativo transitorio tanto en las bolsas de valores como en la economía real, con caídas moderadas del consumo, renta e inversión extranjera. Pero las pérdidas económicas potenciales de los ataques cedieron en poco tiempo. Dicho diagnóstico es aplicable, previsiblemente, a los recientes sucesos de horror acaecidos en Cataluña. En general, las economías más avanzadas y diversificadas son más flexibles y registran periodos de recuperación más cortos tras los incidentes de terrorismo. Los países más pequeños y menos diversificados sufren consecuencias más negativas y también más duraderas. Las primeras tienen más facilidad para reasignar recursos en los sectores o actividades afectadas. Adicionalmente, gozan de más recursos y mayor base institucional para resistir los ataques del fanatismo terrorista.

La economía del terror provoca obviamente una réplica contraterrorista. Los gobiernos de los países atacados, y también los de los amenazados, reaccionan con más dotaciones a gastos militares y a las agencias de inteligencia. Aunque estas actividades no se incluyen en la estimación tradicional del coste del terrorismo, señalaremos que las asignaciones a los conceptos aludidos fueron del orden de los 117.000 millones de dólares en 2014, solo para los países del G-20. Como ejemplo, en respuesta al 11-S, Estados Unidos se lanzó a una guerra en Afganistán cuyo precio se estima en 690.000 millones de dólares. La guerra con Irak le supuso 815.000 millones de dólares. Lamentablemente, entre las dos, el Ejército americano ha registrado 6.888 bajas, más del doble de las muertes contabilizadas en el 11-S.

Restan dos apuntes de importancia.

El primero, que es necesario proseguir con una decidida acción global para cortar las fuentes de financiación de los grupos y organizaciones terroristas, muy especialmente las que configuran el Estado Islámico.

El segundo apunte quiere comparar el coste del terror político con la cifra de los gastos ocasionados por la violencia criminal común -no política- en el mundo. Lamentablemente, el impacto total de este último tipo de violencia se elevó en 2015 a 13,6 billones de dólares, cien veces más que el coste del terrorismo político aquí analizado.

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