El duende español

El tiempo es el gran transformador. Como decía Groucho Marx, convierte lo trágico en cómico mediante el humor (sin duda, negro)

Andrés Ortiz-Osés
ANDRÉS ORTIZ-OSÉS

El duende no es demoníaco o diabólico ni divino o angélico, sino su mediación ambivalente. Por lo mismo implica medialmente los contrarios, el amor y la muerte. Manuel Torres asociaba con García Lorca el duende a los sonidos negros típicos del flamenco, como un eco del destino, tal y como podemos hoy escucharlos en la versión de "Lágrimas negras" por Diego El Cigala y Bebo Valdés, compulsiva y convulsivamente.

El amor suele fungir clásicamente como el duende de nuestra existencia, a la vez inefable y falible. El amor no tiene remedio, dice el cantautor y poeta Luis Ramiro, yo diría porque es precisamente el remedio, ocupando ese medio oscilante entre los extremos de la felicidad y la infelicidad. Proyectando una especie de fratria, ya que amar es "cruzar la frontera del otro/otra", que es descubierto como un alter ego u otro yo fratriarcal. El duende del amor acabaría en un naufragio, pero un naufragio compartido y, por tanto, salvador: es el encuentro radical entre el amor y la muerte.

En el Simposio de Platón el amor es el duende que intermedia hombres y dioses, lo mortal e inmortal, aunque el amor platónico sobrevuela la realidad. Frente a ello, nuestro amor duendístico implica la realidad opaca, como dice Luis Garagalza, buscando el alma perdida para compartir el naufragio con el otro/otra en la fratria, encontrando en medio de lo oscuro lorquiano hilos de fósforo y luna: la realidad lunar y no meramente solar, la sombra implicada en la luz, el drama del contrapunto.

El juego del duende sería tragicómico, dramático o tauromáquico, pues la verdadera lucha es con el duende que, según nuestro Lorca, hiere mortalmente y, por tanto, inmortalmente. El duende es el sentido demónico de la existencia, el sentido como comezón y no como comedura de coco, el sentido desgarrado de sinsentido, la vida en danza con la muerte. El duende español empalma contrapuntísticamente con el "demon o daimon" europeo, más crítico o ilustrado, configurando ambos lo demónico como un arcoiris ensombrecido, cuyo símbolo místico es el ser nada del maestro Eckhart, el Mefistófeles que hace el bien a través del mal (y viceversa), o entre nosotros el amor herido o vulnerado de Juan de la Cruz.

A nivel tradicional de cultura popular, duende y daimon tienen que ver con el destino. Del duende se dice que nos rodea o ronda, y del daimon que nos acucia o destina. Se trata del destino ontológico revertido por el hombre en destinación antropológica, a través de una torsión o quiebro del propio humano. De modo que hay camino y se hace camino al andar, hay caminos que nos caminan a priori y que hay que encaminar a posteriori, hay destino impersonal y destinación personal de ese destino ciego a trasfigurar. Duende y daimon simbolizan siquiera oscuramente el paso o tránsito del destino inhumano a su destinación humana.

En este contexto, el tiempo es el gran transformador. Como decía Groucho Marx, el tiempo convierte lo trágico en cómico mediante el humor (sin duda negro). De este modo, el tiempo comparece como un duende humoroso y un daimon venturoso, porque nos acaba conduciendo al otro gran valle a través de la valla mortal: al valle de las lágrimas evaporadas. El tiempo dice pues embrujo, y duende y daimon representan el embrujamiento de la realidad, la cual está presidida en ciertas mitologías por un dios-brujo o bruja, como la diosa vasca.

Así que en conclusión, lo demónico sería en nuestro ámbito cultural una síntesis entre el duende español de vida y muerte y el daimon europeo del bien y el mal. Pero lo demónico sobrepasa el dominio europeo hasta dominar el universo como su radical ambivalencia y su ambigua complicidad: la complicidad de los contrarios y la dialéctica o dualéctica de los opuestos. Oriente es pionero con su Tao demónico entre el yin y el yang. Pero la humanidad es el escenario de semejante contra-dicción de la realidad y de su lucha o polémica abierta.

En definitiva, lo demónico sería la versión heterodoxa de la ortodoxa visión del mundo como "contingencia", la cual significa complicación, algo que puede ser o no ser, que puede ser esto y aquello, abierto a lo contrario de lo que es. He aquí la clave radical de nuestra existencia en el mundo: apertura trascendental frente a la cerrazón inmanental (inmanentismo), así como apertura inmanental frente a la cerrazón trascendental (trascendentalismo). Propugnamos una dialéctica polémica o demónica de los contrarios, a la que llamamos "dualéctica". En nuestra correlación interhumana, yo ya me tengo: el otro es el/lo que me falta; por eso un partido político es una parte del todo y no el todo, frente a todo totalitarismo.

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