La dolorosa factura del terror

Una investigación aporta luz sobre el coste económico que ha supuesto la actividad de ETA y detalla su cruel maquinaria de extorsión

La dolorosa factura del terror
EL CORREO

Construir un relato fiel sobre el terrorismo de ETA es una obligación moral como sociedad. Lógicamente, su elaboración ha de incluir como elemento central el testimonio de las víctimas. Y, junto a él, argumentos que no dejen el más mínimo resquicio al discurso legitimador de la violencia que todavía anida en ciertos sectores, además de otros materiales extraídos de las heridas aún sin cicatrizar que décadas de sinrazón han dibujado a fuego en la convivencia entre los vascos. Preservar en la memoria colectiva un retrato ajustado a la verdad de la pesadilla que ha azotado Euskadi requiere un esfuerzo colectivo, al que contribuyen trabajos como el que acaba de publicar un grupo de investigadores bajo el título ‘La bolsa y la vida’. El libro analiza el impacto económico que ha tenido la actividad de ETA, así como la historia de las finanzas de la banda y su cruel maquinaria de extorsión. Tras evaluar diversas variables, los autores estiman en 25.000 millones de euros el coste directo de la existencia de la organización terrorista. Esa cifra es solo la suma de factores cuantificables después de una exhaustiva labor de rastreo. La factura total que ha supuesto ETA -admiten- es muchísimo más elevada, aunque de muy difícil precisión con estándares académicos. ¿Cuántas inversiones generadoras de riqueza ha alejado de Euskadi? ¿Cuánto ha frenado la capacidad de crecimiento de la economía? En otras palabras: si el País Vasco ha sabido salir adelante, ser competitivo y disfrutar de un elevado nivel de vida en unas circunstancias extremas de violencia, miedo y acoso al empresariado, ¿dónde habría sido capaz de llegar sin ese lastre? La respuesta es obvia, aunque no se concrete en números. El informe ahonda en el impuesto del terror, el implacable chantaje al que se vieron sometidas miles de personas condenadas a una macabra elección: financiar con su propio dinero el crimen de inocentes; o, si no accedían a ello, asumir el riesgo de ser asesinados o secuestrados ellos mismos o poner en riesgo la seguridad de sus propias familias. Seis años y medio después de que ETA anunciara el cese de su actividad terrorista, trabajos como este arrojan luz sobre una parte negra de nuestro pasado, sobre una lacerante realidad sin justificación alguna y que no debe caer en el olvido: la de un país al que un fundamentalismo implacable causó un enorme destrozo económico, pero sobre todo un intolerable daño moral que ha de quedar reflejado con precisión quirúrgica en un relato que haga justicia a la verdad.

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