doble moral

A las cosas hay que llamarlas por su nombre. Lo que ahora es acoso sexual también lo era antes. Y lo que antes era simple y sublime erotismo lo seguirá siendo siempre

Enrique Portocarrero
ENRIQUE PORTOCARRERO

A medida que sube el fango en el caso de los abusos sexuales en el cine y en la moda también aumenta el lodo que embarra las justificaciones o incluso el cieno que refleja una doble moral. Dice Terry Richardson, el fotógrafo icónico señalado por varias modelos, que lo suyo ha sido únicamente la consecuencia estética de un trabajo tan vinculado a la imagen de la sexualidad como el de Helmut Newton o el de Robert Mapplethorpe. Sí, toda una estúpida retórica discursiva para disimular como creación artística lo que solo era un repugnante ejercicio continuado de acoso sexual, puesto que a Richardson ya le señalaron por primera vez algunas modelos en 2014.

Que hayan tenido que pasar tres años o que haya tenido que explotar el escándalo Weinstein para que a Richardson le acaben vetando en ‘Vogue’ nos muestra una doble moral que ahora condena lo que antes sabía. Una doble moral tan ominosa como la que ahora se saca de la manga un rigorismo conservador que pretende acabar con el erotismo, buscando por todas partes sexismo y tratos vejatorios incluso en la ‘Lolita’ de Nabokov, en la bofetada de Glenn Ford a Rita Hayworth o en un escote sicalíptico de Rihanna. No, a las cosas hay que llamarlas por su nombre en tiempo y forma. Lo que ahora es acoso sexual también lo era antes. Y lo que antes era simple y sublime erotismo lo seguirá siendo siempre, aunque la moralidad y su paisaje cambien como del frío al calor o de la noche al día.

Ópera

Ahorros discutibles

Los problemas financieros en el mundo de la ópera llegan a todas partes. Si hace tiempo la crisis determinó un duro ajuste en Italia, también en los últimos ejercicios el ahorro ha sido un objetivo permanente en la Metropolitan Opera de Nueva York, una de las más prestigiosas instituciones operísticas. Tan es así que para hacer frente a lo que su director general, Peter Gelb, califica como «desafíos económicos», la Met ha acometido un recorte de gastos superior a los 84 millones de dólares en los últimos cuatro ejercicios. Más aún, el presupuesto de 2016 que alcanzó los 177 millones de dólares fue el más reducido de los últimos siete años.

A pesar de los buenos resultados en la taquilla, de los ingresos generados por las retransmisiones de sus óperas o de un acuerdo sindical para jubilar anticipadamente a una parte de su plantilla, la Met sigue empeñada en un recorte global. Por ejemplo, esta temporada canceló una producción de ‘La Forza del Destino’ que iba a dirigir Calixto Bieito. Sin embargo, otros ahorros han sido mucho más discutidos. Sin ir más lejos, ahora se ha sabido que en la producción actualmente en cartel, ‘Les Contes de Hoffman’, se paga más a las figurantes con menos ropa -448 dólares- que a las más vestidas -235 dólares-. La medida no solo ha sido calificada de absurda, sino también de intolerable en un contexto donde las secuelas del caso Weinstein han desvelado actitudes sexistas mucho más que reprobables.

Propiedad intelectual

Doble pinza a la SGAE

Por lo que se ve ya nada va ser lo mismo en el ámbito de los derechos de autor. A saber, ya no solo es que el Gobierno esté actuando por la vía legislativa para mejorar el gobierno interno de la SGAE, su transparencia, su rendición de cuentas o la diligencia en la recaudación y en el reparto de los derechos, sino que además la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia le acaba de abrir un expediente sancionador por posibles prácticas restrictivas de la competencia. Esta doble pinza tiene dos objetivos. Por un lado se trata de evitar el oscurantismo en la recaudación y en el reparto de los ingresos, obligando también a crear un órgano de control interno -compuesto por miembros de la SGAE y técnicos independientes- que eviten los desmanes y la parcialidad.

Por otro, se trata de liberalizar el sector evitando tarifas inequitativas y discriminatorias, eliminando también las condiciones estatutarias y contractuales que atribuían a la SGAE el monopolio de la gestión de los derechos de autor en nuestro país. Es decir, se va a permitir la entrada de otros operadores independientes o incluso extranjeros que podrían gestionar los derechos de cualquier autor. Este doble «asalto» a la SGAE tiene su lógica, aunque también sus problemas. Piénsese no solo en las dificultades a la hora de negociar tarifas uniformes con una amplia diversidad de entidades gestoras, sino también en la pérdida de fuerza unitaria a la hora de defender la propiedad intelectual.

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