Días de vino y gaseosa

El Piscolabis

A veces una imagen demuestra que no todo tiempo pasado fue mejor, pero tampoco peor

Días de vino y gaseosa
JON URIARTE

Tiene cuatro años. Casi podemos oler su pelo limpio y la colonia infantil, repartida a golpe de cepillo. Se lo han secado antes, frotando con la toalla a fondo. Pero sigue húmedo en las capas inferiores. El calor de un radiador cercano evitará posibles resfriados. Sobre el año en que se sacó la foto, nada hay seguro. Pongamos que era 1971, viernes invernal y la hora de la cena. Lo intuimos por el menú. El habitual en aquellos tiempos, donde ciertos sabores se reservaban para el fin de semana. Podía ser tortilla de patatas, francesa o huevos fritos. En este caso quien aplasta yemas es la niña, mientras alguien le saca una foto. No me pregunten la razón, pero algo me dice que es la madre. Quizá por el aspecto de la tortilla que aguarda a ser comida. Demasiado blanca y delgada. Como hecha con clara de escaso huevo. O con restos de otras tortillas. Rara vez he visto a una madre servirse el huevo más perfecto o la tortilla más jugosa.Pero no quiero hablarles de comidas, sino de bebidas. Si esa fotografía fuera actual y alguien la subiese a Facebook...les quitaban la custodia a los padres. Porque ese vaso es el de la niña.

Recordemos hoy los días de vino y gaseosa. Cuando a la bebida carbonatada de turno se le iba añadiendo vino de manera progresiva. Primero una nube. Luego medio dedo. Así, poco a poco, sabíamos que nos hacíamos adultos y, sobre todo, cuánto, según se oscurecía el líquido. El vino, de mesa. Ese era su apellido. Sin etiquetas ni leyendas. Pero la mezcla sabía a gloria. Lo curioso era que en casa, sobre todo las madres, nos decían aquello de-Solo un vaso, que la gaseosa come los glóbulos rojos-. Fantástico. El problema estaba en la burbuja y no en el vino. Y, aún así, no salimos tan mal. Aquellas generaciones, me refiero. Antes de que se me echen a degüello las madres y los padres actuales, añadiré que es una práctica nada recomendable. Ninguna persona en su sano juicio animaría a que los menores beban alcohol. Faltaría más. Pero se hacía. Cosas del ayer. Por cierto, los datos sobre consumo de alcohol dejan claro, y se repite la estadística, que los países donde se consume más vino son los que menos casos de alcoholismo sufren. Por contra, quienes beben otro tipo de líquidos ocupan los primeros puestos de esa triste lista. No me digan que no invita a una reflexión. Sea como fuere, no se puede negar, hubo un tiempo en que el vino con gaseosa reinaba en las mesas familiares. Y todo por algo que sucedió hace ahora 90 años. El matrimonio entre la gaseosa y el vino.

Bilbao y Bizkaia sabían lo que era la bebida carbonatada bastante antes. Las primeras llegaron en botellas lisas con tapón de canica. Y se mantuvieron vigentes durante décadas. Sobre todo en la nevera de casa. Pero fue el iturri quien, en 1925, le otorgó valor de paisana. Al fin y al cabo, al trago refrescante se le sumó la flamante chapa. Oficialmente se llamaba tapón de corona. Era el juguete perfecto. Se podía golpear, chutar, rellenar, cambiar y cabía en cualquier bolsillo. De ahí que pasados dos años, en 1927, los responsables de la legendaria fábrica de cervezas, hielo y bebidas gaseosas “La Vizcaína. S.A” solicitaran el registro de aquella botella y su formato. Fue otorgado un año después. Por eso este 2018 es fecha señalada. No cumple un siglo, pero 90 años merecen un recordatorio. La documentación, por cierto, se la debemos a Miguel Ángel Santos, archivero y bibliotecario de la UPV que cuenta con un extraordinario blog llamado 'La cerveza en Bilbao', en la que habla de ésta y de otras bebidas que dominaron las barras y los manteles de nuestra tierra. Como el de la niña de nuestra foto.

Es mala comedora. Y hoy no parece el peor momento. Temía los días en que había lentejas de primero y huevo cocido de segundo. Se le hacía bola. No había boca para tanta masa. Ni estómago. Tampoco disfrutaba de otros platos de obligado cumplimiento. De ahí que el trago de gaseosa con vino fuera una ayuda digna de ser definida como heróica. Le permitía digerir cualquier alimento que se atascara en la garganta. O el que se quedaba a vivir escondido en los huecos de una boca que se tornaba trinchera. La clave estaba en que los adultos no se percataran.-Bebe un poco y traga-le decían. En ocasiones desde el fregadero y a gritos. Cuando la cita con la comida había terminado para todos menos para ella.-Hasta que no acabes no te levantas-sentenciaban sin mirarla. Y ella posaba un ojo en el vaso, imaginándose viajando muy lejos, sobre las burbujas que recorrían el rojo líquido, mientras con el otro seguía el movimiento del reloj de la pared. Cada segundo le parecía un siglo. Hasta que escuchaba la última advertencia-Como no lo termines para las dos te lo pongo esta noche para cenar-.

Se sabía la amenaza de memoria y fingía indiferencia. Pero, por si acaso, masticaba con más ritmo. Otro traguito. Gracias gaseosa. Gracias vino. Amigos de mi infancia. Compañeros de los temidos platos que siempre se quedaban fríos. De ahí que guarde ella esa foto. Fueron buenos amigos. Los mejores. Suena extraño. Y más en estos tiempos donde todo debe ser correcto. Sí, visto ahora es una barbaridad. Una niña dándole al vino con gaseosa. Pero así eran las cosas. Y ahí está la prueba. Nunca fue fácil educar. Ser madre o padre es misión compleja. Quizá la clave esté en el equilibrio. Y en el respeto. Esa niña sabía lo que podía y no se podía hacer, lo que estaba bien y lo que no debía hacer. Igual que ahora. Igual que siempre. Ahora ella no daría vino a una niña. Pero sí le intentaría inculcar ciertos valores que quedaron grabados en su mente. No tengo una frase bonita para cerrar estas líneas. Ni un final rotundo. Tampoco una moraleja. Solo un pensamiento que no logro quitarme de la cabeza. Somos la generación que se crió en los extraños, inexplicables e irrepetibles días de vino y gaseosa. Y a pesar de ello, como decía antes, tampoco salimos tan mal.

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