Desigualdad

Manuel Alcántara
MANUEL ALCÁNTARA

Sería una coincidencia que todos estuvieran de acuerdo, pero no es menor que nadie coincida. No sabemos quiénes son los nuestros, porque la palabra ‘nosotros’ se ha diluido. Es un azucarillo amargo en todas las sobremesas, incluso en las que se sirven antes de sentarse a comer, discutiendo sobre las injerencias de Rusia, que únicamente no condena Podemos, pero están presentes en todo, a cada bocado. El gran problema es la diferencia entre los que ganan y los que no ganan nada, salvo disgustos. El Ministerio del Interior ha retirado de Cataluña a la mitad de los policías y guardias civiles del dispositivo que desplegó para reforzar la seguridad, que está tan insegura como las pensiones de los viejos, que no tenemos una idea clara de cuándo debemos morirnos. A eso que se llama ‘cierta edad’ nadie aspira a vivir siempre, pero todos queremos estar vivos al día siguiente, que por cierto es domingo, que siempre ha sido una tregua hasta que llegue el odioso lunes y nos obligue a admitir que «trabajar cansa», que dijo Pavese, que se aburrió de esperar y se suicidó antes. La receta de ‘paciencia y barajar’ sería más llevadera si las cartas no estuviesen marcadas, pero están en manos de los tahúres de la «engañosa esperanza», que nunca se desespera, ni escarmienta en corazón ajeno. Hay que seguir. Eso es todo.

Lo peor no es que corran malos vientos, sino que dejen de correr y la asfixia económica haga irrespirable la atmósfera. Los que nos tenemos autoprohibido el desánimo no es que seamos definitivamente tontos, sino que estamos preparados a aguantar lo que nos echen, por muy especial que sea la carga que nos ha traído el separatismo, que es funesto siempre, aunque se pague en incómodos plazos verbales. «A las promesas miro como a espías», que dijo Quevedo, aunque no las mirara como Oriol Junqueras, al que media Cataluña le acusa de estar reparado de la vista y no divisar más que la otra media.

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