El desgarro

Manuel Alcántara
MANUEL ALCÁNTARA

No era fácil hacerlo bien, pero es muy difícil hacerlo peor. El número de humillados catalanes es casi igual al de ofendidos y la rebelión en Cataluña ha puesto a prueba la quimérica fortaleza del Estado mientras miles de personas se manifiestan en muchas ciudades españolas en favor de la unidad y en defensa propia. La Guardia Civil ha bloqueado el voto telemático mientras el Gobierno daba por nulo el referéndum. Exageran los que dicen que Cataluña está viviendo sus días más difíciles, porque vendrán otros y de mayor dificultad donde no se podrá vivir. Los embalses de odio están repletos y a la democracia española, que tanto costó traer, se la puede llevar el viento, cansado de agitar tantas banderas, mientras Rajoy persiste en buscar la unidad con Rivera y Sánchez. El referéndum ilegal convocado por la Generalitat persigue lo que todo el mundo sabe: declarar la independencia. Mientras, miles de personas se manifiestan por la llamada «unidad de España» en Madrid y Barcelona.

Los separatistas aspiran a que se cumplan sus aspiraciones, que no son otras que hacer que este trozo de España sea una república independiente, pero con derecho a cocina. Creen que estarán legitimados si consiguen que vote un millón de personas. La recluta quizás sea difícil, pero puede ser cierta. Quien quiera irse acaba pirándoselas porque no hay ligaduras que lo sujeten y si las hay, se pueden romper y fabricar otras. Ahítos nos tiene Cataluña, pero es imposible hablar de otra cosa que nos importe más a todos. La ocupación por parte de la Guardia Civil del Centro de Telecomunicaciones de la Generalitat no ha sido suficiente. El Rey, Rajoy y parte de la oposición están en estado de alerta. Ustedes y yo también estamos alarmados. Hasta un partido de fútbol se ha disputado a puerta cerrada, pero con las cosas de jugar no se juega.

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